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Línea de fondo

Santiago Cordero

Santiago.cordero@jerez.es

Las trece reglas

Creamos reglas para incumplirlas

Podría haber titulado este artículo los diez mandamientos, pero entonces tendría poca cabida en la sección de deportes. Pensándolo mejor, igual tiene tanto o más sentido denominarlo las trece reglas, ya que la religión de las religiones de la vida moderna, el fútbol, se considera, por convención, que se hizo verbo el 26 de octubre de 1863. Fue entonces, cuando una serie de jóvenes, representantes de diferentes escuelas y clubes ingleses del incipiente deporte, se reunieron en una taberna de Londres, Freemason’s, para definir las reglas que a partir de ese momento regirían el fútbol. Las trece reglas.

Los mandamientos, las reglas, las leyes, las normas que cada grupo, colectivo o sociedad se impone son para cumplirlas. Así los cristianos tienen su mandamientos, los españoles su constitución y sus leyes y, por supuesto, los seguidores del fútbol su propia reglamentación.

Es cierto que los hombres y mujeres no somos perfectos, que nuestra imperfección nos lleva muy a menudo a incumplir las normas que hemos decido aceptar y autoimponernos. Da igual que seamos fieles de una religión, ciudadanos de un país o jugadores de fútbol, muchas veces, incumplir es más cómodo que ser escrupulosos cumplidores de las exigencias de nuestra religión, país o deporte. Somos especialistas en incumplir la norma común en beneficio propio. Por supuesto, buscamos las fórmulas, artimañas y tetras necesarias para que nadie se dé cuenta.

Que te cogen, eso ya es otra historia. El domingo te confiesas y aquí paz y después gloria. En tu país igual pagas una multa o vas a la cárcel y en el fútbol, lo peor puede ser tarjeta roja y expulsión, con algunos partidos de sanción. Es curioso cómo nos autoimponemos normas y cómo disfrutamos saltándolas. La mano de dios es tan idolatrada o más que el otro gol de Maradona. En el fondo, todo, religión, país o fútbol, está hecho a imagen, semejanza y por los propios hombres y mujeres.

En tanto que todos somos iguales ante la ley (bueno, deberíamos serlo) las penas por incumplir las reglas deberían ser aplicadas con el mismo criterio y rigor a todos (la realidad nos enseña que no es así). El sistema solo se sustenta en la confianza de los que lo forman. En este sentido son los que lideran los colectivos los que deberían dar ejemplo de pulcritud absoluta. La curia, los políticos, los jugadores de élite no deberían hacer trampas. Un cura no debería hablar en nombre de dios y ser pederasta; un político, hacer leyes y ser un corrupto. Da igual que sea amontillado, errar es humano. Gracias que nadie salió accidentado, excusa lamentable en un político. No se trata del error, se trata de lo que representas y a quién representas.

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