Análisis

Álvaro García de Luján Sánchez de Puerta

Licenciado en Historia

Leyenda de dos gallos

Al Gallo Azul me llevaba de niño mi padre en una leyenda sobre ruedas pirelli llamada Seat 124. Aparcaba resuelto sobre la acera de la calle Larga mientras saludaba a un munipa por la ventanilla, se acodaba impune sobre aquella barra de regionalismo voraz y veía el mundo pasar con una copa de amontillado en la mano.

Yo le observaba agarrado a una fanta con mis ojos de un niño siempre desubicado: su forma de encender y fumar un cigarrillo Habanos me fascinaba. Jerez entera me fascinaba.

Como en una vida peleada a base de derrotas en salas de futbolines de finales de los ´80, como en aquellos barrios desarrollistas de clase media en los que crecimos. Como nosotros, los que ya adolescentes leíamos libros de segunda mano y codiciábamos de pasada las cadenas de oro de las señoras bien de la Alameda Crsitina jerezana y de la calle Cruz Conde cordobesa conduciendo vespinos sin matrícula y con tubarro modificado. Siempre necesitábamos pasta para pagar multas.

La adolescencia de clase media de los 90 en provincias fue todo Vespino trucado y anorak caro con agujeros de discoteca de música house. Fuimos unos malditos niños bien sin corazón y unos macarras sentimentales de barrio. Leíamos a José Antonio y alucinábamos con Durruti. Vimos por la tele todos los combates de Policarpio Díaz, el Potro de Vallecas. Poco más fuimos.

Así crecimos, mal que bien.

Pero nos salvaron las tabernas. Nos salvó el vino. Nada nuevo en la historia del Hombre, por otra parte.

Uno siempre es el mismo que aquel chaval que robaba bocadillos en el recreo del colegio de los marianistas; el mismo tipo tímido que se escondía y sigue escondiéndose detrás de unos andares exagerados, unos vaqueros Wrangler ceñidos y unas Adidas de las olimpiadas de México 68. El mismo que todos los días agradece a Dios poder tomar un oloroso en El Gallo Azul o un medio en El Gallo cordobés.

Regalo de los Domecq a la ciudad, El Gallo Azul jerezano fue casta y mundanidad. Refugio de trápalas y casa de la elegancia más excelsa. Lo nunca visto. El mundo, insisto, probablemente anduvo poco más lejos de aquella esquina de Jerez de la Frontera en aquellos días, en aquellos años. Época de entreguerras en España cuando se inaugura, Miguel Primo de Rivera reinventa y se equivoca poco en la mejor de las Españas posibles. Mientras, los Gallos cordobeses -hubo tres de tal nombre- acogieron plateros arruinados, rufianes, busconas, arrieros, bohemios y a las mil amantes de Julio Romero de Torres.

El Gallo Azul, no voy a insistir, es a Jerez lo que la taberna El Gallo a Córdoba. En cierto modo, les debo todo a las dos. Y las dos han reabierto recientemente separadas por casi doscientos quilómetros. Una celebración, según el filósofo Escohotado, es un acto metafísico y popular. No seré yo quien le lleve la contraria. Allá que voy.

Poseo pocas cosas: una Vespa del 84 con matrícula de Barcelona, una raída chupa Levi´s de cuando Galerías Preciados, las obras completas de Baroja y un puñado de discos de Los Planetas. Quizás un par de mis ex se acuerden de mí por Navidad. Lo dudo, francamente.

Quizás dos o tres colegas me acompañarían a luchar al Saigón de los´70 si se lo pidiera. Algún recuerdo. Poco más.

Nadie dijo que ser medio jerezano y medio cordobés fuera fácil. Pero así son las cosas.

Pero hay algo más. Poseo dos Gallos: el Azul jerezano y el cordobés. Probablemente para la mayoría no sea mucho. Y tienen razón.

Porque allí, en esas dos tabernas, no se va a hablar sobre la posibilidad de pagar un máster MBA en una universidad lejana de nombre inteligible y calvinista. En ellas nunca se rozará el éxito. Ni el fracaso. Porque ese concepto no existe, sea uno creyente o no, en las tabernas católicas. Si se ligara sería poco y mal. Tal vez se cierren un par de tratos que nunca se llegarán a cumplir. Se contarán embustes. Gritarán. Los camareros no serán especialmente simpáticos ni eficientes. No habrá gente cool. Pero eso nunca nos importó.

No. Allí no podremos olvidar a aquella mujer que nos dejó al volante de un BMW de segunda mano surcando la Avenida del Brillante cordobesa a toda mecha ni a aquel tipo que se largó con una esteticién de la última de las franquicias del centro comercial de Vistahermosa.

La cultura de la cancelación allí, en ambas, solo será un mal sueño.

No, allí no.

Allí, al Gallo Azul jerezano y a la taberna El Gallo cordobesa se va a no hacer nada. Como dos milagros. A mirar al techo. En todo caso.

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