Hace años, en aquella ciudad, para todo el mundo era normal usar el autobús. Pero había gente que torcía el gesto si subía algún negro o gitano. Gente bien que ponía el bolso o la cartera en el asiento vacío de al lado porque jamás iría con una "chacha" o un vendedor ambulante. Gente que no soportaba oír ciertas conversaciones como hablar de no llegar a fin de mes, lo que consideraba una vulgaridad consecuencia de la vagancia propia de determinadas clases sociales. También se molestaban cuando sonaban por la radio determinadas emisoras. No, esa gente no consideraba adecuado ni seguro viajar en esos autobuses.

Como ir siempre en taxi era muy caro, usando compañías privadas antiguas, montaron líneas de autobuses propias, que no eran para todo el mundo. Sólo para quien, además de pagar una obligada cuota "voluntaria", acreditaran ser gentes de bien y estar limpios, al menos aparentemente. Sus autobuses eran de color naranja - se distinguían bien - y consiguieron cuantiosas subvenciones públicas para que sus usuarios no pagaran más por ir en esas exclusivas líneas, cuotas "voluntarias" aparte. Ir en un bus naranja era signo de distinción social porque eras gente bien y porque allí no encontrarías nadie sucio y desarrapado.

Hasta que, años después y poco a poco, se decidió acabar con el absurdo de tener dos líneas de autobuses, la pública para todo el mundo y la privada solo para unos privilegiados. Y entonces, los que querían viajar solo con los suyos y que los demás les pagasen el viaje, se pusieron un lazo naranja en la solapa, se manifestaron con sus hijos, se lanzaron a la calle, esta vez en coche, y empezaron a gritar ¡Libertad, libertad!

¿Les suena la historia? Pues, mutatis mutandis, eso es lo que está ocurriendo en estos días con la enseñanza concertada.

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