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Las Vegas, mediados de septiembre de 2012, Sergio 'Maravilla' Martínez, quilmeño de nacimiento, afrontaba uno de los combates más importantes de su carrera pugilística. A pesar de que ya hablaban de él como el nuevo Pacquiao o Mayweather, tenía que superar el enfrentamiento por el título mundial del peso medio ante Julio César Chávez Jr.

El Thomas & Mac Center estaba a rebosar. 19.000 enfervorizados aficionados, la gran mayoría mejicanos, seguidores del invicto Chávez Junior, esperaban ansiosos la gran pelea programada a 12 asaltos. Fue un duelo de titanes hasta el final. El púgil argentino, que había dado su salto de calidad como boxeador profesional en España bajo la supervisión de Ricardo Sánchez Atocha, dominó los 11 primeros asaltos, pero sufrió en el último. La decisión de los jueces fue unánime y Maravilla Martínez se hizo con el título mundial del peso medio. Argentina volvía a tener un dios, quizás no era ni Maradona, ni Fangio o ni el propio Monzón, pero era un argentino campeón del mundo y eso, allá, es formar parte del olimpo divino.

Casi dos años más tarde, un sábado de junio de 2014, puso su título en juego una vez más, en esta ocasión frente al portorriqueño Miguel Cotto. En los días previos se especuló incluso con la suspensión del combate porque se decía que Maravilla no estaba recuperado con plenitud de lesiones anteriores. Finalmente la pelea tuvo lugar. Desde el primer round, Martínez fue inferior a Cotto. Este último, conectó muy pronto una izquierda de la que no se pudo recuperar en el resto de la pelea. Besó varias veces la lona, en el noveno volvió a caer. Antes del inicio del décimo su rincón acabo con la agonía del argentino. El dios caía al infierno.

Tiempo después, Sergio Gabriel Martínez desveló una anécdota que unía a aquellos dos combates. Una simple anécdota que le reportó una importante lección vital. Tras ambas peleas, al irse al hotel de madrugada, apagó el teléfono móvil hasta la mañana siguiente:

"Yo terminé la pelea con Chávez y al día siguiente, cuando activé el celular tenía 1060 llamadas perdidas. Cuando perdía ante Cotto solo tenía 4 llamadas y de esas, 3 eran de mi madre. Afortunadamente para mí, eso puso todo en su sitio".

A muchos de nosotros, por nuestra experiencia vital, una enfermedad, un traspié, la pérdida de un trabajo o cualquier otra circunstancia, nos ha obligado a aprender la misma lección que al púgil argentino. Quizás lo interesante de todo es no odiar a los 1058 que no llamaron y sí darnos cuenta de cuan afortunado somos de tener el cariño de tu madre y también el de la otra persona. A por la siguiente pelea.

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