En la recién aclamada Ley de Eutanasia- que nos coloca entre los países más atrevidos en esta materia-, se consagra no solo el derecho a morir porque tú lo pidas, sino a que otros decidan tu muerte llegado el caso. Si no me creen lean atentamente la terrible norma aun en el horno, a punto de ser servida en la bandeja de unos inexistentes cuidados paliativos. Parece muy garantista, pero no se engañen, deja rendijas por las que se puede colar un elefante. Nadie quiere vivir con dolor, eso seguro, pero en vez de invertir en cuidados, a poco que te despistes, un familiar o incluso el propio médico te podrá aliviar de forma definitiva con gran descanso para los que rodean al doliente.

El Gobierno y sus mejores amigos, -alguno de ellos verdaderos novios de la muerte del prójimo-, quiere hacernos creer que la eutanasia es un remedio eficaz para dignificar casos como el de Ramón Sampedro. Lo que no le cuentan es que Sampedro es el cero y pico por ciento de los casos; a la postre, no lo duden, la ley provocará más "Doctores Montes" sueltos por el sistema sanitario -que en nombre de una cuestionable praxis médica- darán pátina de legalidad a una barbarie. Lo que más cabrea es que lo promueva una izquierda que dice defender a los más vulnerables; son estos por la precariedad de su enfermedad, la mayor de las veces personas deprimidas, dependientes e influenciables, los que necesitan de mayor protección.

Sorprendería-sino fuera porque son conocidas sus posiciones sobre el valor de la vida humana-, el utilitarismo de estos defensores de la igualdad, la cosificación pertinaz, la deshumanización del prójimo en nombre de unos derechos que aun no sé muy bien en que consisten.

La izquierda solidaria, las mareas verdes y los defensores de lo público deberían echarse a la calle a dar voz a los más débiles. Esperen sentados.

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