Los creyentes de buena voluntad, de tanto querer que la Navidad sea sincera y lejana a la retórica dulzona y cursilera, hemos conseguido que los enemigos de la fe hayan tomado nota para devolverla al solsticio pagano y a la fría fiesta invernal sin que nosotros nos hayamos percatado del juego traicionero que siempre lleva escondido Leviatán. Ahí estamos, helados en el corazón y en los argumentos, mientras el nuevo orden sistémico va derribando la arquitectura espiritual del cristianismo.

Se mantiene la fiesta, pero sin contenido; como ese pretendido anuncio de la Comisión Europea pidiendo que no se diga 'Feliz Navidad' para así ser 'sensibles' e 'inclusivos'. Sería deseable poder rescatarla de las dos tendencias, por un lado, de la falsa Navidad que nos lleva al consumo y la pamplina; y por otro, de los secuestradores secularistas que triunfan a fuerza de brillantes adornos y guirnaldas ideológicas. Se pueden hacer y decir muchas cosas, porque la Navidad es luminosa y afectiva en lo que significa y celebra; pero decir, es volver a embadurnarla de palabras.

Si hay que buscar palabras, porque son inevitables, hagámoslo de tal manera, que sean hirientes, para quienes rompen la ternura y el sentimiento verdadero; molestas, para quienes usan la retórica vacía y dulzona del artificio; comprometidas, frente a quienes en nombre de la Navidad se aprovechan de los inocentes y sencillos; silenciosas, ante quienes la ocultan con ruidos de zambombas y panderos; pobre, ante los ricos materialistas que la empobrecen con su riqueza; inquietantes, para quienes creen que la Navidad trae paz en vez de guerra; fría, ante tanta tibieza contemporizadora; caliente, ante la frialdad dominante; apocalíptica, para no dejarnos embaucar por el poder totalitario y secularizador de la mediocridad.

Démonos cuenta que el Niño le hace competencia al trono de los Herodes; y, eso, sigue siendo intolerable. Podemos recuperar la Navidad: dando de comer al hambriento, con tal que no sea una sola noche; poniendo el traje de fiesta adecuado, con tal que no sea sólo para una cena de nochebuena; cantándole a la vida, con tal que no sea la supuración esporádica de una vena poética adolescente; hacer caridad a un pobre, siempre que no disimule la caridad verdadera.

Se puede rescatar la Navidad de la manipulación a la que se ve sometida por propios y extraños. Liberar la Navidad supone despejarla de falsas justificaciones, que casi siempre van adornadas de fluorescencias artificiales. Liberar la Navidad, esa es la cuestión. Se puede abrir la casa para que se hospede el peregrino, no vaya a ser el mismo que un día pidió posada en Belén. La hospitalidad, quizá contenga la llave que abra la liberación navideña. Y todo ello en silencio, como un susurro, sin ruidos innecesarios, intentando escuchar las pisadas desnudas de quienes van cansados por la noche oscura de la vida. Que cuando llamen se oiga, se escuche su voz.

Necesitamos oír el clamor de cada nueva madre pidiendo posada; abrir la puerta para que salga el egoísmo y nazca el nuevo hombre; ceder nuestro terreno confortable al desposeído que busca un poco de dignidad. Ya sé que es molesto salir del hábitat confortable de nuestros cultos navideños; pero ¿cuál es el verdadero culto que quiere el Señor? Asomados al espíritu del nacimiento divino, queremos trasformar la Navidad en Misericordia entrañable, en Gracia compasiva y en entrega generosa hacia quienes no disponen ni de sí mismo, pudiendo ser esclavos de su yo (paradójicamente secuestrador de la identidad), o de los demás.

No extraña nada que con estas perspectivas sea difícil encontrar las figuras adecuadas del portal de Belén. Antes era fácil verlas en los escaparates de cualquier centro comercial; ahora hay que preguntarles a los trabajadores y trabajadoras dependientes y dependientas por su localización, porque se encuentran escondidas entre abetos, espumillones, nieves artificiales, renos, muñecos, casas alpinas…y allá, al final, en una insignificante estantería, con el resto de los adornos, brezos y musgos, un misterio escondido que no termina de venderse desde el año anterior.

Posiblemente signo verdadero de lo que ahora representa toda la parafernalia que se monta en estas fechas de luz (de Vigo a New York) y sonido (de zambomba a botellón). Navidad, divino tesoro, volviendo a buscar, de nuevo, un pesebre acogedor para nacer de verdad ¡Feliz Navidad! (No queriendo ser políticamente incorrecto con cualesquiera que sean las sensibilidades que haya). Que hagan ustedes mucho bien y que no reciban menos.

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