Cuando este que esto les escribe, allá por el Pleistoceno, estaba en el Instituto de Lora del Río, había en clase un tipejo fanfarrón, bocazas, que creía saber de todo. Tenía una gran facilidad de palabra y un alto poder de convicción con el que deslumbraba a muchos; sobre todo, a los tontos y a las tontas - entonces no había tontes, ni siquiera en Estepa donde suelen terminar todas las palabras en E -; incluso era capaz de convencer a algún que otro profesor despistado que veía en él al lumbreras que parecía y que, para nada, era. Cuando todos éramos del Sevilla o del otro equipo de la ciudad hispalense; él pontificaba con ser acérrimo seguidor del Dínamo de Kiev; aunque todos dudábamos de que supiera dónde estaba Kiev. Cuando todos leíamos el ABC y la Hoja del Lunes por aquello de saber de los partidos y de los resultados; él, de vez en cuando, aparecía con una cosa rara que decía que era donde publicaban las plumas más importantes de España - publicación y autores que nosotros, para él analfabetos y catetos redomados, no teníamos ni idea -. También llamaba la atención cuando hablaba de una poesía que decía leer y que reivindicaba no sé qué derechos. Por entonces, nosotros sólo conocíamos a los Machado, al Zorrilla el del Tenorio y al Espronceda el del barco. Su aparente superioridad, no le servía para pasar de curso y repetía constantemente; haciendo de tal circunstancia todo un mérito. Cuando casi todos terminamos la Reválida y comenzamos los estudios universitarios, el personaje desapareció y no se supo más de él. Me imagino que a todos ustedes les ha sonado esta historieta de abuelete jubileta. En todos lados cuecen habas. Pero, lo peor de todo, es que se parece mucho a alguien al que estamos sufriendo en la actualidad y que está haciendo un daño terrible; sobre todo a los pobres que lo escuchan y se embelesan con sus estupideces increíbles.

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