Análisis

José Manuel Moreno Arana

La Pasión olvidada (y IX)

Bajo una piel neoclásica late un espíritu barroco, casi indómito, que no se logra extirpar de la imaginería pasionista en el ocaso del siglo XVIII. Estamos en 1793. Un reconocido escultor llamado José Esteve Bonet envía a la Cartuja jerezana el grupo escultórico de la Virgen de la Compasión. Él es un artista que incluso llega a dirigir la Academia de Bellas Artes de Valencia y a alcanzar el nombramiento de escultor de cámara del rey Carlos IV. Su obra, por su parte, pretende esa búsqueda del equilibrio y la sobriedad propios del Neoclasicismo. Y sin embargo la inspiración aquí es ajena a cualquier atisbo de frialdad grecolatina: la Virgen de las Angustias de Murcia, tallada medio siglo antes por Francisco Salzillo. La actitud implorante de María sosteniendo sobre el regazo a Cristo, la disposición y postura del cuerpo de éste, los pequeños ángeles que a cada lado agarran sus brazos… todo está copiado del modelo salzillesco. La expresión de dolor de los rostros de los cuatro personajes muestra ese mismo respeto a una tradición artística y una espiritualidad popular que se niegan a morir.

En 1794 llega a Jerez el Cristo de la Defensión, que hoy, Martes Santo, volverá a atraer las miradas. En él Esteve repite los rasgos físicos de Jesús en el conjunto cartujano. Sólo dos años de diferencia, idénticos planteamientos estéticos pero una historia dispar. Si el crucificado ha terminado teniendo una función procesional, la Virgen de la Compasión ha tenido una existencia muy movida, incluyendo una larga estancia en Cádiz, su vuelta a la Cartuja y su traslado reciente a la Catedral de Jerez. Consuela saber al menos que se está restaurando por buenas manos. Distinta suerte ha tenido su retablo en el monasterio, sumido en un turbio futuro, víctima también de la iconoclastia 'anti-imaginera' y la 'iconomanía' neocatecumenal.

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