El González Hontoria era ayer una nube de polvo, o mejor dicho, un infierno para los encargados de recoger todo el montaje que requiere la Feria del Caballo, algunos de ellos provistos con mascarillas para hacer más llevadero, dentro de lo que cabe, tan ardua tarea. Tan justo es reconocer los aciertos de Feria, que los hay y así se han contado en las páginas de este periódico, como criticar los fallos, y los últimos gobiernos locales no dan con la tecla para evitar la polvareda que se forma en el Real a la mínima que sopla el viento. En tiempos, llegada la Feria se añadía albero, tierra de origen orgánico y de marcado color amarillo que, una vez compactada, resistía sin problemas la semana de fiesta. Lo que quiera que se utilice en la actualidad no es albero y es fácil deducirlo por el color, por el grosor y por las manchas que deja en la ropa y los zapatos de todo el que pisa la Feria. Y para colmo, no cumple con la función de tapar los agujeros más allá del primer día para preservar los tobillos de caballos y ciudadanos los días de fiesta.

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