La provocación suele ser noticia pero en muy contadas ocasiones (sobran dedos en una mano) puede llegar a convertirse en arte. Estas provocaciones nos llegan a mansalva, desde la realista escultura de un niño ahorcado de un mástil en una Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla a las exposiciones de seres humanos y animales plastinados mostrando músculos y huesos, pasando por el músico que compone una sinfonía que no llega a los dos minutos. La vida está llena de provocaciones. Aplaudirlas o no queda en el ámbito de decisión de cada cual. En el Villamarta se vivió el pasado miércoles algo similar. La provocación en estado puro se quedó en eso, en darle la vuelta a todo, en transgredir y olvidar, por desgracia, durante muchos minutos la esencia de un ciclo en el que se pretende abundar sobre el baile flamenco. Y es que plastinar el flamenco, hacer visible lo que no se puede ver porque es intangible, sólo puede conducir al desmayo, el hastío o, incluso, a la náusea.

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