De esta sociedad, absurda, vulgar, prosaica y superegoista, hay que quejarse demasiadas veces al día. Y tenemos derecho a hacerlo. Quejarse por lo que somos, mentirosos, individualistas, altaneros; quejarse por lo que no somos, dadivosos, amables, cariñosos…; quejarse de los que nos gobiernan, esa clase política esquiva, embustera, prepotente, egocéntrica; quejarse de los que no cumplen lo que prometen; quejarse de los que prometen para conseguir todo para ellos. Tenemos muchas cosas por las que quejarnos.

Como soy mayor y tengo los achaques de mayor, me quejo por casi todo. Ahí va una queja sangrante. Sangra la actitud de los bancos para los que somos mayores; sangra contemplar a personas que miran con terror a los cajeros con la cartilla en la mano, sin saber qué hacer; sangran oficinas sin atención humana; sangran las maquinistas expendedoras de numeritos que dan la vez y que cuesta una enormidad entender; sangran las pantallas avisadoras del turno -con letras y números, números y letras imposibles-; sangra el no poder retirar e ingresar todos los días y a jornada completa; sangra la dificultad del lenguaje de los cajeros…

Me quejo como mayor, como usuario y como persona absolutamente indefensa ante una situación que va a más, aunque quieran contarnos lo contrario. Porque, cuando los políticos dicen que van a tomar medidas y los de los bancos aseguran que todo va a cambiar para favorecer a las personas mayores, malo, muy malo. No se lo crean; los políticos, como los de los bancos, nunca pierden. Bueno, algunos políticos son tan imbéciles que, incluso, ellos mismos, hacen por perder para que ganen otros sin merecerlo.

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