Mañana se celebra la festividad de Santa Clara de Asís. La sección femenina de la orden franciscana llegó a fundar en Jerez hasta tres conventos. El más antiguo de ellos, el de Madre de Dios, creado en 1504, estuvo habitado hasta hace sólo tres años. El segundo, que tuvo una existencia efímera, se ubicó a mediados del siglo XVI precisamente, en la calle Santa Clara, a la que dio nombre. Más tarde, ya en el Seiscientos las clarisas descalzas lograron establecerse en esa misma calle, justo enfrente de la parroquia de San Miguel. Tomando como titular a San José, se instalan en la antigua casa de Mateo Márquez Gaitán y Catalina de la Cerda, fundadores del cenobio, vivienda de la que aún perdura el patio, del XVI. La iglesia, cuya obra se ejecuta por Pedro Rodríguez del Raño a partir de la aprobación de la fundación en 1628, posee unas discretas dimensiones y cierta sencillez constructiva. De ella destacan las bóvedas, con la sobria decoración del momento en el medio cañón de la única nave y la llamativa forma de concha de la que cubre el presbiterio, que parece una versión más modesta del ábside del convento del Espíritu Santo.

Tras una primera etapa llena de dificultades económicas, la comunidad vive momentos de mayor esplendor en el siglo XVIII. Es ahora cuando los Ponce de León y de la Cerda, Marqueses del Valle de Sidueña, se convierten en patronos. Fue entonces cuando se hacen los actuales retablos. El mayor, de estípites, se puede adjudicar a Agustín de Medina y Flores, aunque fue transformado décadas después por Andrés Benítez, tallista que realizaría también la pieza más espectacular del pequeño templo, su púlpito rococó. Con su sinuosa escalera, su elegante combinación de talla dorada y cristales y su airoso tornavoz, sólo por él merece una visita esta, cada vez más extraña, reliquia de la vida contemplativa en la ciudad.

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