Deseando que acabe un año de lo más curioso e inolvidable de nuestras vidas y por otro lado aprendiendo mucho de las lecciones que nos está dejando. Ese sería el resumen de un veinte veinte que lo vamos a tener presente demasiado tiempo. Pero aún queda la cuesta de diciembre, que es más dura porque son muchos los que, en tiempos de añoranzas, piden una normalidad que no se entiende

. Ni por muchos puentes que se cierren, muchas calles que se corten, muchos ríos olvidados o muchas rotondas que se atajen, la realidad supera a la ficción. Bajar la guardia ahora sería de kamikazes. Y aunque se lata con el corazón, muchas veces habría que usar más el cerebro.

San Nicolás debería venir este año con mascarilla y EPIs rojas y blancas, repleto de estrategias provechosas para prevenir incongruencias, de avisadores de no tirar la casa por la ventana a las primeras de cambio, de felpudos con dibujos de renos para colocar en las casapuertas para desinfectar pies y con gorros polares para calentar molleras y aclarar ideas.

No es de recibo que después de la tortura de estos meses, vengan las rebajas anticipadas por calle larga y área sur, y a principios de diciembre, nos lleve a una conducta resbaladiza de las que pueden ser históricas. La civilización y sobre todo los ciudadanos no se lo merecerían. Más en algunas ciudades en las que las miserias están a la orden del día en cuanto nos despistamos un poquito, se nos tambalea la economía, perdemos el rumbo o trastocamos planes económicos.

Las vidas de muchos jerezanos que ya no están con nosotros deberían tener más valor, no solo estadístico o testimonial. Y la de miles de andaluces. Y las de todo el mundo.

Al menos, tenerlas presentes como objeto de homenaje para que sirvieran para pensar las cosas antes de decidir a la ligera una falsa normalidad, loca y arriesgada, que no sería nada beneficiosa.

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