Análisis

Manuel Moure

Semáforo en rojo

Salgo del Diario. Camino por Larga a esa hora en la que la brisa del final de la tarde es deliciosa. Llego al comienzo de Porvera. Una abuela espera con su nieto en el semáforo que lleva hasta Cristina. Tan sólo se ve un coche allá a lo lejos. El muñeco está en rojo. Y de forma casi instintiva lanzo un pie hacia la calzada. Pero me freno. Miro al pequeño. Habla con su abuela de esas cosas que sólo los niños y sus 'yayas' entienden. Decido esperar. A fin de cuentas no llevaba prisa y, qué narices, si el muñeco del demonio está en rojo es que está en rojo. No es cuestión de dar mal ejemplo. Me embeleso mirando a la singular pareja. Sus risas. La forma en que se cogen las manos. Espero. Es entonces cuando el paso se abre para los peatones y empiezo a cruzar. Es en ese momento cuando escucho a mis espaldas decir al niño: "Ahora sí, que ya se ha puesto en verde". Sonrío y me resigno a confesarme 'pecador' por esa intención de dar mal ejemplo que se me pasó por la cabeza. ¿Qué hubiera pensado al ver a un señor saltándose el dichoso muñeco? Cuando volvía a casa, llámenme ingenuo, pero era un poco más feliz.

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