Línea de fondo

Santiago Cordero

Santiago.cordero@jerez.es

Una oda a la derrota

Aceptar la derrota engrandece al perdedor

Vaya por delante que cuando Guardiola ha criticado la democracia  española (con todos sus defectos) y ponía a la dictadura de Qatar como ejemplo de país abierto he sido tan crítico como el que más por considerar falsa, vergonzosa, taimada e interesada ese tipo de declaraciones. Pregonar en favor de los derechos humanos y vivir a la sombra de un jeque que pasa absolutamente de esos mismos derechos humanos, insisto, lo considero ruin y mezquino.

Pero dicho esto, al mismo tiempo lo considero el mejor entrenador del momento, el hombre que ha cambiado el fútbol y probablemente uno de los mejores de todos los tiempos. En el deporte actual que tanto tiene que ver con las batallas del pasado, la figura del entrenador se asemejaría a la de los generales y estrategas de aquellos ejércitos.

Guardiola se ha erigido, desde que cogió las riendas de la primera plantilla del F.C. Barcelona en 2008, en el general a batir. Épicas y más de una vergonzosa fueron las batallas contra el Real Madrid de Mourinho, quien se vio obligado a utilizar todas las malas artes posibles para batir al Barça.

En Alemania, sin conseguir la Champions, son muchas las voces autorizadas (jugadores, entrenadores, periodistas) que siguen afirmando que su manera de entender el fútbol ha dejado una profunda huella en la Bundesliga.

Sus últimos cinco años en el City, sin conseguir la Champions, algo que utilizan sus detractores para restarle honores, han marcado un nuevo renacer del fútbol británico, elevando el nivel futbolístico no solo de su equipo, sino de muchos rivales. Solo le pongo un pero a la labor de Guardiola como entrenador. Si analizamos la historia, la gran mayoría de grandes generales, desde Gengis Kan, pasando por Alejandro Magno, Escipión, Aníbal, Julio César o Napoleón entre otros, todos ellos cuando llegaron a la cima, les faltó cierta humildad y no creerse invencibles.

A los grandes estrategas se les estudia, se les analiza, se intenta encontrar debilidades por pequeñas que sean, para en algún momento intentar aprovecharlas. Si Guardiola hubiera sido un poco más humilde, el City hubiera tenido alguna alternativa ante el Chelsea el pasado sábado en la final de la Champions, que aunque traicionara un poco su estilo, hubiera sorprendido una vez más a su rival. Estos grandes líderes, generales, estrategas, empiezan a perder cuando abandonan su condición humana, para creerse divinos.

Por el contrario, el detalle más hermoso de la final lo volvió a protagonizar Pep Guardiola, todo un canto, una poesía, una oda a la derrota, que viniendo de un ganador, es más grande aún si cabe. Hartos de ver a perdedores de finales, que se quitan con urgencia la medalla de segundo o que abandonan el campo sin rendir respeto a su rival, Guardiola, con la medalla al cuello, la cogió entre sus dedos y la besó. Fue un instante, pero muy hermoso, en un mundo de lágrimas, de fracasos, ese gesto engrandeció la derrota, sobre todo si crees que has hecho todo lo posible por ganar.

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