A pocos hombres conozco que se conformen con lo que tienen; nada harta el deseo de ser más, poseer más, ansiar más. No está mal, pero nunca encontramos aquello que satisfaga del todo y calme la sed de agua en el desierto existencial. Y no me extraña que sea la tristicia quien tome cuerpo tras esa falta de contentamiento; salvo aquellos que, porque de todo hay en el erial humano, se sientan bien con ese sentirse mal. Pensar en la vida es una tarea que, como repares, te pone a los pies del abatimiento, porque tomas conciencia de que la existencia tiene mucho de nugatorio. Echa uno la vista atrás y, de lo hecho y dicho, hay una excesiva necedad que no ha tenido sentido alguno.

Y esta es la cuestión, el sentido. Entre las perentorias tareas presentes y el desasosiego del mañana, van pasando los días, quizá con alguna noche feliz, y, cuando menos lo adviertes, pincha el globo y se esfuma el helio de nuestro haber. Hay un 'descubierto tácito en cuenta' que no se zanja con un bizum. Los establecimientos de Luz Shopping no venden ni trasfieren el pack completo del cómo, del dónde y el para qué del sentido; eso intangible, como el flamenco, que trasmite y necesita el alma para vivir. Qué duda cabe que hay que prepararse para el hacer inmediato que te requiere la vida, el problema está en si aquello que hago tiene sentido.

Y como decía, con razón, el paradójico Nietzsche, 'quien tiene un para qué es capaz de soportar cualquier cómo'. La actualidad está llena de gente sin sentido. Una crisis profunda se cierne sobre nuestra sociedad superdotada y sobreestimada: abatimientos, desolaciones, depresiones, suicidios (con un número desconcertante de jóvenes) ¿Cuál es la causa? Porque todo tiene su etiología, y está en nosotros indagarla hasta taponar esa hemorragia del alma que provoca tal inanición para la vida. Sencillamente porque hay una desproporción entre los medios posibles a nuestro alcance y esa ingente cantidad de desdichados (a veces demasiado cercanos) a los que no podemos socorrer ¿Cómo llenarles de apetito el vacío de sus almas, o cómo darles un plus de sentido a sus, quizá, avideces insatisfechas? Porque no es mala cosa abrir deseos, pero sí tenerlos desgobernados.

Un lío, ya se ve. Luchar, esforzarse, gozar, y, total, para luego morir ¿Eso es todo? Necesitamos un interlocutor de sentido para esa pregunta interior, difuminada entre brumas, que tarde o temprano aparece en lontananza: felicidad, sentido, significado y, sobre todo, para qué. Ya sé que es un cansineo incómodo, un peñazo, este afán mío por la búsqueda interior; pero salir por la tangente no evita la realidad de nuestra ignorancia, ni el valor de lo que se pregunta, que nunca encuentra límites (sobre todo porque no quiere tenerlos). Los buenos filósofos aseguran que una pregunta bien hecha lleva en sí el principio de la respuesta. 'El hombre es el ser que busca a Dios. Y hasta después de haberlo encontrado, sigue buscándolo. Y si lo busca sinceramente, lo ha encontrado ya; como dice Jesús al hombre, en un célebre pensamiento de Pascal: 'Consuélate, no me buscarías si no me hubieras encontrado' Una vivencia también profundamente agustiniana.

O aquella anécdota, simpática y menos metafísica, del niño que, en llegando a la comida, se le acerca a su padre y le dice: Papá esta noche no me esperes -¿Cómo que no te espere? ¿Por qué? -Porque ya llegué papá. Entre col y col, lechuga; con tal que se entienda del hilo al pabilo y vayamos desenredando la madeja. Es propio del hombre el deseo de responder a las espinosas preguntas de su ser. En la medida en que nos atestemos interiormente de preguntas correctas y bien dirigidas, podremos adecuar nuestros deseos incontrolados, tanto racional como emocionalmente, sin que tengamos que precipitarnos por la sima del sin sentido.

Es verdad que es importante la vida en sí misma, que yo defiendo sin paliativos desde su concepción (y hasta el rabo todo es toro), pero también es importante preguntarse para qué quiero estar vivo, motivos para la existencia, que, por supuesto, también precisa de un buen asado con chuletón de la Janda. Vivimos y existimos, preguntándonos hasta la saciedad, para encontrar respuestas que no nos arrojen a la nada. Seguramente toparemos con el telar de las Parcas (Nona, Décima y Morta) hilanderas de la vida y cortadoras de hilo, con la cruda realidad de la finitud, en la que Tierno Galván (viejo profesor y alcalde, que fue, de Madrid) quiso instalarse para siempre, aunque, así que le llegó la hora postrera (según los mentideros de la clínica Ruber), no se resistió al deseo inconfesable de pedir confesión. Supongo que por si acaso; que nunca se sabe.

En cualquier caso, aquí de lo que se trata es de vivir un día más, aguzar el ingenio con algo de alimento y procurar un techo que cobije de la dura noche que nos aguarda; y si mientras tanto, como buen superviviente, sientes hambre de sentido, no estaría de más (hablo por mi) que buscaras a un tal Jesús, que vive y deja vivir.

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