Análisis

Manuel sotelino

El año de la Piedad

Trescientos años, nada más y nada menos, desde que Ignacio López entregara la imagen de la Virgen de la Piedad a aquellos cofrades que ya andaban dándole culto al Santo Entierro de Cristo. Este será el año de uno de los rostros más bellos que se tallaran en el Barroco de este sur de Andalucía. Pocas veces ha cabido tanta belleza serena y tanta amargura aterciopelada en una imagen de María.

Pero la Piedad es algo más que un bellísimo rostro. Es Jerez en sí mismo. Es la galanura y la elegancia los trescientos sesenta y cuatro días del año y un día, el Viernes Santo, bajo un palio maravilloso que bordaran las hermanas Antúnez.

Un día extraordinario para la ciudad porque la Piedad ha salido a las calles de Jerez. Los flamencos del barrio de Santiago se visten de gala porque la Virgen llora mientras ese San Juan con tanto arte la cubre bajo su brazo. Qué detalle más entrañable.

La Piedad es Jerez. Es la cepa y la albariza, y el olor que desprende la solera fina. Es un suspiro de hermosura y también una rosa sin espinas.

Un día al año Jerez siente todo esto. Por eso, los gitanos del barrio le han cantado ya de vuelta, pasando por la calle Taxdirt. El instante cuando los candiles se funden y rezuma el olor rancio del geranio en flor.

Un día al año, Viernes Santo, la Piedad sale a pasear su galanura de su pena por las calles. A sembrar las aceras de intercesión perpetua para llegar al Hijo. Y este año estamos de enhorabuena ya no sólo porque la Piedad cumple trescientos años de belleza entre los jerezanos. También porque podría regalarnos otro día en las calles. Desde palacio se espera que se mueva ficha. Pero fíjense que nunca lo van a tener más fácil que este año de 2018. No se entendería de otra manera que la flamenca de terciopelo negro no estuviera con sus hijos cuando llegan los fríos y resuenan los cantos que rememoran el Nacimiento.

No sería posible otra opción en este que es su año. El de la Piedad, la Virgen con el secreto mejor guardado: Una belleza inusitada en medio del torbellino de un dolor inhumano: La de la muerte del Hijo de Dios vivo.

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