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Análisis

José Ignacio Rufino

El capitalismo anormal

Lejos de refundarse tras el desastre no ajeno al robo financiero, el sistema renueva sus patologías antes de lo esperadoMás de la mitad de los jóvenes de Estados Unidos no creen ya en el capitalismo

En nuestra previsible España, tan dual y siempre gustosa a polarizarse, algunos marcadores ideológicos provienen de cuestiones que en principio -sólo hace falta rascar para encontrar los agravios que unos y otros nos fabricamos con pasión- no parecen ideológicas: la pasión por Rafael Nadal o los Premios Goya que esta noche darán su forma de glamour en Sevilla suelen tener que ver con esa visión política dicotómica tan nuestra. En el conflicto abierto y sangrante entre el taxi y los VTC, el marcador político también funciona: la derecha liberal -tantas veces más neocon que de verdad liberal- se decanta por abrazar la innovación y el servicio premium sin sobrecoste -de momento- del VTC, mientras que la izquierda más ortodoxa suele defender los derechos adquiridos con licencias públicas de los taxistas. Aunque en este asunto la polarización no es tan marcada, y mencionaremos una excepción a modo de ejemplo: el historiador y compañero columnista de esta casa, que nunca ha disimulado que la izquierda le queda lejos y cuanto más lejos mejor, titulaba y daba entrada a su pieza de esta semana así: "Con el taxi", "No puedo comprender cómo el español de a pie puede dejarse engatusar por el cuento de los VTC".

Este es un asunto sintomático que, a nivel nacional, reproduce una desconfianza en el sistema capitalista, ese que íbamos a refundar tras la debacle -no ajena al robo financiero; hay muy buenas películas que la describen bien- de la economía que dio paso en muchas zonas del mundo occidental a la ya llamada Gran Recesión. La refundación ha resultado un fiasco. La reputación del capitalismo ha recibido varios golpes en la década pasada, la que se suponía regeneradora. La cabra, dirán los descreídos, tira al monte, y cada vez es más rápida y tecnológica, la cabra. Es profundo el sentimiento de que es un sistema que produce excesivos beneficios para pocas manos, las verdaderas dueñas del verdadero capital, a expensas de unos trabajadores cada vez más en precario y carentes de seguridades y protección: búscate la vida, le dice el hombre de éxito o de herencia al simple mortal que aspira a no perder su sueldo. Los jóvenes no creen en el capitalismo: es ésta una verdadera brecha generacional de inquietante pronóstico. No digo ya Podemos y sus aún nutridas huestes juveniles y universitarias, sino más de la mitad de los jóvenes de Estados Unidos según un estudio reciente. Por el interés del dato, repetimos: más de la mitad de los jóvenes USA no creen en el sistema del que su patria, líder mundial, es estandarte y guardián oficial.

Hay razones para ello. Los beneficios excesivos son un símbolo de mal funcionamiento de los mecanismos de competencia, y aunque parezca lo contrario, las innovaciones disruptivas y con fulgurante éxito comercial pueden originar situaciones de monopolio encubierto, o de dominio excesivo. Los casos de Google, Amazon o Netflix son, cada uno a su manera, paradigmáticos. Pueden en breve -si no es así ya- convertirse en los intermediarios, árbitros, fijadores de precios y asignadores del reparto de papeles industrial, comercial y también financiero en el curso de pocos años. Desde 1997, la concentración se ha incrementado en prácticamente todos los sectores. Es un hecho que sucede tanto en Estados Unidos como aquí, en Europa y en España. Los miedos de los proteccionistas y populistas son el anzuelo de sus votos, pero sus razones no se sostienen: su parecido con la ortodoxia capitalismo es pura coincidencia. Los beneficios en relación al PIB de las grandes compañías es un 80% superior al de hace 50 años en EEUU, y su cuota de mercado, en general, mayor en términos relativos. ¿Qué puede hacer el sistema para atajar su deriva autodestructiva? Quizá nada. ¿Recuerdan la fábula de la rana y el escorpión?

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