Todos hemos conocido a alguien que siempre hace lo que le da la gana. Es un consentido que suele ser de familia importante que le sacará de cualquier apuro. Hasta que se le paren los pies.

Lo ocurrido en Ceuta se resume en que, por una rabieta injustificable, Marruecos abre sus fronteras y empuja a miles de personas a territorio español. No se da cuenta de que ha expuesto sus vergüenzas al mostrar al mundo la cantidad de marroquíes que desean abandonar su tierra, donde no tienen esperanza ni futuro ni muchas veces qué comer. ¿Se puede estar orgulloso de eso? De ahí que no se pueda tratar como invasores enemigos a los desesperados que buscan en Europa el futuro que les niega la monarquía marroquí, ni tener una mente tan sucia como alguien de VOX.

Todo por una acción humanitaria del Gobierno Español, al facilitar tratamiento médico al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali quien, por cierto, fue ciudadano español hasta 1976. Razones lógicas de seguridad aconsejaron su cambio de nombre. También lo hicieron en la segunda guerra mundial el general Lecrec (Philippe de Hautecloque) y, antes, la familia real británica, de origen alemán o sea enemigo: de Sajonia-Coburgo-Gotha y Hannover pasaron al actual Windsor.

No compremos el relato de Marruecos, como ya hacen algunos medios. ¿Pretende Marruecos que se le pida permiso para un acto humanitario? Ghali preside un estado miembro de la Unión Africana y un movimiento de liberación reconocido por la ONU como representante del pueblo saharaui. Y, según el derecho internacional, el Sáhara no es marroquí sino un territorio pendiente de descolonización que tenía que haber celebrado su referéndum de autodeterminación en 1992, digan lo que digan "los papás" Trump y Biden.

Hay que parar los pies al consentido de Marruecos.

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