El estío tiene mucho de letargo, de modorra a la que hay que vencer. Pese a todo, el calor, la calima y la humedad ambiente provocan que nos demos por vencidos y permitamos que el verano reine mientras tiene fuerzas para ello. Casi todos los días, la naturaleza nos manda atardeceres que son poemas, puestas de sol de estampa y una temperatura fresca que nos invita a salir. Es 'la fresca' o 'la fresquita', ese momento en el que antaño las familias sacaban las sillas a la puerta de la calle para conversar y compartir unas bebidas mientras el rojo de la tarde se convertía en el negro de la noche. Recuerdo, con nostalgia, aquellas sillas de enea, aquellas mesas de playa en mitad de la acera con señores que aún desconocían qué eran unas vacaciones. Jugaban al dominó y daban fichazos. Nadie se quejaba. Era impensable ya que, quien pudiera hacerlo, de hecho estaba allí abajo también. Curiosamente, a los únicos a los que se mandaba callar era a los niños. "Dejad el griterío", clamaban las madres a eso de las doce y media. Benditos veranos. Malditos tiempos estos.

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