Análisis

eva díaz pérez

Escritora, periodista y directora del Centro Andaluz de las Letras

El habitante de Argónida

En este tiempo de entreguerras se cansó Caballero Bonald de la costumbre de vivir. Y ahora que lo pienso, podríamos ir hilando los luminosos títulos de sus obras para describir la historia de su vida, esa novela de la memoria que ha terminado en un tiempo lleno de descrédito de héroes, adivinaciones y campos de Agramante donde reinan el desorden y la confusión. José Manuel Caballero Bonald era ese clásico vivo que teníamos siempre presente y animoso en la trinchera de la poesía, brindando a sorbos lentos en un infinito breviario del vino. Qué admirable su capacidad para batallar en el oficio de las letras, incansable en su compromiso social, veterano de mil guerras perdidas.

José Manuel Caballero Bonald sabía leer en el mapa de los vientos y de las mareas. Navegaba y reconocía cuándo soplaba el viento abonanzado, el fugoso, el galeno o el de vela larga. Ese viento que suena siempre en sus poemas. Ha muerto en Madrid como tantos andaluces universales. Allí tenía su casa, pero su paraíso estaba en Sanlúcar de Barrameda y en su Jerez natal, destilado en una patria de la infancia.

Imagino al escritor queriendo contemplar por última vez la bajamar de Sanlúcar y los infinitos matices de luz de Doñana, su Argónida. Sin duda Caballero Bonald habita ya en Argónida, ese paisaje tan reconocible como misterioso que forma parte de los grandes territorios de la literatura: el Macondo de García Márquez, el Yoknapatawpha de Faulkner, la Comala de Juan Rulfo o la Santa María de Onetti.

Su escritura es única, singular e irrepetible, como la de los grandes clásicos. Y, por supuesto, inclasificable. Con su peculiar sarcasmo se reía cuando intentaban encasillarlo en algún grupo. Es cierto que está adscrito a la Generación del 50. En eso podríamos decir que hasta tuvo fortuna porque no hay que olvidar en cuántas ocasiones los grupos generacionales se crean, se fabrican, se preparan para ser una marca editorial fácil de vender, un producto reconocible. Él estuvo allí, con el portentoso grupo de los 50, incluso en aquella fotografía que fue tomada en la tumba de Antonio Machado en Colliure. Ya se sabe que las generaciones literarias de este país que entierra tan mal a sus creadores se han bautizado a veces junto a una lápida: la del 98 en la de Larra y la del 27 en la simbólica de Góngora. La del 50 quiso unir su destino al de esta tumba de Antonio Machado en el exilio como mensaje de combate contra la dictadura franquista.

Esa pertenencia en realidad se debió a la amistad y las complicidades literarias, pero a Caballero Bonald le valió no sufrir el silencio que tantas veces padecen los escritores andaluces o cualquier otro autor periférico. Ese grupo bien difundido desde Barcelona, capital editorial de la época, por José María Castellet y Carlos Barral, fue la referencia poética en los tiempos oscuros, aunque en el resto de España también existieran otros grupos literarios como Cántico en Córdoba, por poner un ejemplo.

Caballero Bonald hizo de lo local algo universal. Ahí está el Jerez de su infancia que desveló en la novela Dos días de septiembre o la Doñana simulada en Argónida en Ágata, ojo de gato. Era un ciudadano del mundo, quizás porque sabía navegar por mares procelosos y en todos los litorales tuvo siempre un hogar. De alguna forma eso desvela el título de uno de sus poemas: Vivo allí donde estuve.Ése fue el título de la antología que preparó José Ramón Ripoll y que publicó el Centro Andaluz de las Letras al elegirlo Autor del Año en 2013. Y en colaboración con la Fundación José Manuel Caballero Bonald hemos ido de la mano en múltiples actividades literarias como la celebración de los congresos anuales. Así seguirá siendo. Precisamente, en el CAL estamos preparando una exposición comisariada por Felipe Benítez Reyes donde se repasa la vida y la obra del autor, esa fascinante novela de la memoria.

Muchas veces la altísima literatura de Caballero Bonald se ha planteado como ejemplo de ciertas características consideradas propias de la literatura andaluza. Quizás así sea con el barroquismo de su lenguaje, la sensorialidad, lo telúrico y prodigioso. Sigue siendo una inútil clasificación porque la naturaleza del escritor jerezano era por encima de todo la de un heterodoxo, un desobediente. No hay más que repasar sus últimos libros: Manual de infractores o Desaprendizajes. Aquí no encontramos un anciano glorioso que escribe sus últimas páginas mostrando ya el cansancio y la repetición de quien cree haberlo hecho todo. En estos libros se descubre la mirada de un joven crítico con su presente, alguien que se rebela contra las injusticias de su tiempo, un ciudadano comprometido e insumiso, un intelectual incómodo. Y también reconocemos en el ejercicio de su última escritura la enorme capacidad de no repetirse nunca, de agarrarse al oficio de la curiosidad, que es lo que diferencia la mirada siempre renovada de los grandes poetas.

A la calidad de su literatura y su compromiso como ciudadano crítico se une su deslumbrante capacidad para escribir sobre la memoria. La novela de la memoria es el libro en el que narra su vida donde reúne los dos volúmenes Tiempo de guerras perdidas y La costumbre de vivir. Sin duda, es uno de los grandes autores de la memoria, un virtuoso del tiempo, un paseante por las devastadas habitaciones del recuerdo. Así lo demostró en una de sus últimas entregas, su autobiografía poética y donde en versículos sin rima ni metro propone un paseo por su propia memoria. Lo tituló Entreguerras o De la naturaleza de las cosas, con esa lucidez que siempre le caracterizó. Es el libro que yo propondría para leer hoy y recordarlo en una de las cimas de su literatura absolutamente valiente, desprejuiciada y audaz.

En los últimos meses observaba ya el mundo con extrañeza, dolor e incertidumbre, reconociendo la herrumbre de una época vacía. Sabía que pronto tendría sentido el título en el que recopiló toda su poesía: Somos el tiempo que nos queda. Se va el maestro Caballero Bonald en un tiempo sucio, frágil y feo, lleno de contrasombras y trampantojos. Ojalá que la tierra de Argónida le sea leve.

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