Análisis

Felipe Ortuno M.

Entre el indulto y el perdón

Anadie se le ocurre discutir el resultado de una suma. Es lo que es, las matemáticas clavan la verdad. No hay discusión posible: 2+2= 4. Todo lo demás es emoción. La razón del cálculo domina todo entendimiento actual, y nada que salga de ahí parece tener alguna importancia. ¿Religión?, para qué; ¿Historia?, depende; ¿Filosofía?, aquello con lo cual o sin lo cual todo queda tal cual; ¿Psicología?, improbables resultados neuronales…

Ahora todo se verifica numéricamente. Esa es la realidad objetiva posible. Lo que ocurra después deja de tener importancia. Cuanto acontece pasa necesariamente por la desmitificación, la secularización y el puro racionalismo. He ahí el hombre moderno, conquistador de la pequeña esfera azul (por el momento) en la que, al parecer, nos reducimos.

¿Eso es todo? Hablar de espiritualidad, virtud, perdón, misericordia, indulgencia, por ejemplo, no tiene sentido. Si te saltas un semáforo, un poné, te multan: no hay perdón posible.

La ley marca los comportamientos; salvo que haya indulto, en cuyo caso el Estado se convierte en el salvífico señor de la racionalidad existente. Queda todavía el resquicio personal que permite el perdón, si le he hecho alguna faena a un ser querido.

Parece ser que por ahí todavía se permite la virtud. Si se tratase de una deuda tributaria, la cosa se pondría fea. Las leyes matemáticas y racionalistas, carentes de virtud natural, llenas de valores arbitrarios (porque el valor se le da a la mercadería) se imponen a toda consideración espiritual que tenga su razón en principios absolutos o conciencias creyentes.

Las reglas ya no las impone la conciencia, la creencia o los principios; para eso están las leyes, el Estado y el resultado de las arbitrariedades antojadizas de cualquier revolución. La posibilidad del perdón se ha quedado reducido al núcleo familiar, si acaso. Ahora la ruptura de una regla se persigue, se sanciona, y punto. Quizá, a lo sumo, se amnistía, por el camino ideológico y el acuerdo horizontal de partes.

Te pueden borrar el expediente pasado, y hasta perdonar el castigo; cosa distinta es la memoria, que todavía no puede dominar el Estado (naturalmente me refiero a la anámnesis de la conciencia).

Todo esto viene a cuento de Griñán, miembro de un partido racionalista, que se ve en la tesitura de distinguir entre la ley implacable y el reconocimiento personal de su bonhomía. Para poder perdonar, sin relación a ningún Absoluto, o conciencia natural, resultará muy difícil encontrar el vericueto adecuado que le pueda salvar del débito legal, por una parte, y de su ejercicio de confianza en otros, que, por su mala gestión, le han puesto a él en un brete.

Responsabilidad y bonhomía, confianza y consecuencias indirectas. Como la matemática legal no contempla semejante ecuación, la apuesta por su persona adquiere criterios emocionales, que inmediatamente se ponen en comparación con otros casos sangrantes de la administración de justicia, que parece, a los profanos, arbitraria, en según qué caso y persona.

No seré yo quien niegue el indulto. Pero véase caso Pacheco, compárese la proporcionalidad entre cargo, responsabilidad y pena. Revísese el caso Junqueras, por ejemplo ¿Quiénes lo merecen más? 'Dura lex, sed lex'.

Creo, sin embargo, en la posibilidad del perdón, en un Estado que, con resortes superiores a la pura legalidad punitiva, no nos lleve a la supresión del corazón y la inhumanidad materialista. No todo se resuelve con pena y condena. También el escarmiento reconduce sin necesidad de cerrar el camino a la esperanza; de otro modo, volveríamos al confrontamiento inacabable.

La utilización ideológica del error ajeno, sólo nos lleva al calentamiento emocional de los unos contra los otros. Vuelta la burra al trigo. Con todas las consecuencias que tuviera el indulto (porque la ley cerrada no tiene epiqueya), estoy seguro que contribuiría a una mejora de las relaciones institucionales entre partidos.

Apelo a una interpretación benigna de la ley, a una posibilidad de contextualizar los hechos acaecidos (que no justificar) y a darle a la propia ley la posibilidad de una enmienda aceptable. Entronizar en la ley la 'ley del perdón' no sería mala praxis, si con ello recondujéramos las relaciones institucionales y sociales, dañadas actualmente por la ideologización de las partes.

Alguien avezado en lo que digo, sugeriría inmediatamente: Independencia del poder judicial. Exacto. De otro modo, cuanto digo se dirimiría en confrontación partidista y no en beneficio de una sociedad madura buscadora del bien común, y no sólo la condena del culpable.

En las sociedades cristianas, tan denostadas siempre, las categorías de culpa y perdón estaban más esclarecidas y mejor aplicadas que lo están hoy, a pesar de tener unas leyes tan democráticas, liberales y humanistas. Sí, yo apuesto por el indulto, con estas razones que expongo, por conciencia, por responsabilidad y porque mi envite va más por la reconciliación social del perdón que por la satisfacción ideológica del resarcimiento.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios