No puedo evitarlo. Y me alegro enormemente de que sea así. De vez en cuando, es decir quizás dos veces al mes o en ocasiones una al trimestre, gusto de plantarme ante el ordenador, de noche, y escuchar de nuevo a la Reina de la Bulería, a la Paquera, que tan pronto nos dejara. Pasan los años y su torrente, su mando sobre el escenario, sus gestos y esos besos que lanzaba al público cuando sabía (¡vaya si lo sabía!) que había pellizcado sus almas forman parte de mis recuerdos. Muy especialmente cuando llegan estas fechas, cuando la Navidad llama a la puerta. Ahí está ese 'Ya se van los quintos, mare' que nadie que no sea de aquí es capaz de entender por qué extraña razón es un villancico. La letra habla de los sinsabores de una tierra pobre que mandaba a sus hijos a una muerte casi segura. La Paquera sacaba y saca a todos los cantaores de bulerías un cuerpo de ventaja, se llamen como se llamen así hayan vendido millones de discos. Ella es furia que lucha por contenerse, una catarata de sonidos articulados desde el pecho hacia una prodigiosa garganta. Como dicen de Gardel, "a cada día que pasa canta mejor". Así lo creo.

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