En tránsito

Abrazar la diversidad

En los países musulmanes hay millones de mujeres que desearían quitarse el hijab, pero que no se atreven a hacerlo por no desairar a sus padres o sus maridos

La semana pasada, la influencer Lily Cole difundió unas imágenes en Instagram en las que se ponía un burka como muestra de apoyo, según decía ella, a la diversidad cultural. Su performance -o lo que fuera- se llamaba: "Abracemos la diversidad". Es asombroso. Por lo que he leído -la Wikipedia es muy chismosa-, Lily Cole nació en 1987 y estudió Historia del Arte en Cambridge. No es una persona ignorante ni que padezca una disfunción cognitiva. Pero ella se retrataba muy pancha con un burka azul que parecía una funda de mesa camilla. Y encima lo hacía como si llevar un burka fuera una elección que toda mujer podía hacer con entera libertad, y como si llevarlo fuera una especie de alegre pasatiempo que te hacía la vida más fácil. ¿No sabe esta influencer lo que ocurre en Afganistán con las mujeres que están obligadas a llevar el burka? ¿Y no sabe que un burka representa el sometimiento absoluto de las mujeres a los deseos y las imposiciones de unos hombres que tienen el cerebro de un mosquito? Pues parece que no. Y se trata -no lo olvidemos- de toda una licenciada en Historia del Arte por Cambridge. ¡Por Cambridge!

Pero está visto que la moda de hacerse pasar por buena persona, alardeando de diversidad cultural en las redes sociales, tiene un prestigio que parece seducir a mucha gente. Esta misma semana también hemos visto una campaña en las redes sociales en que varias chicas se ponían un velo islámico -el hijab- como muestra de odio a la islamofobia. ¿De dónde salen estas campañas idiotas? ¿Quién las crea? ¿Quién las financia? Hay miles de formas de luchar contra la islamofobia -por ejemplo, leer a autores, y sobre todo a autoras, de países musulmanes, ver sus películas, escuchar sus discos-, pero ponerse un hijab -que es una imposición que muchas mujeres deben aceptar en el mundo islámico si no quieren enfrentarse a la exclusión social o a un trato denigrante- es una prueba mayúscula de que se nos ha ido la olla. Cualquiera que conozca los países musulmanes sabe que hay millones de mujeres que desearían quitarse el hijab, pero que no se atreven a hacerlo para no desairar a sus padres o a sus maridos o a sus novios o a sus vecinos. Pero aquí creemos que ponerse el hijab -o el burka- es una moda pasajera igual que un corte de pelo o unos zapatos de plataforma.

Un fantasma recorre Europa: el fantasma de la estupidez.

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