Tierra de nadie

Alberto Núñez Seoane

Acero de cartón

“Quien dice verdades, pierde amistades”, lo escribió Santo Tomás de Aquino. Humildemente añadiría que no sólo es eso: en un mundo en el que la mentira se ha transformado en ley, quien dice verdades se convierte en el enemigo más perseguido… por la “ley”.

Se trata, a costa de quien y de lo que sea, de conseguir que la sensación de seguridad sea “suficiente” para una mayoría -valga la redundancia- suficiente, con independencia de que esa percepción se corresponda, o no, con la realidad. Es una obsesión histórica para el poder, contar con la capacidad de “ofrecer” a “sus” ciudadanos la perspectiva creíble de una vida tranquila, una existencia en la que no deben de preocuparse de otra cosa que no sea trabajar para generar “riqueza”, es decir: impuestos, del resto, de administrar recursos y repartir prebendas, se ocuparán ellos. Entre los muchos miedos que nos preocupan, la falta de seguridad se coloca, sin duda, en los primeros lugares; ellos, lo saben, y lo utilizan.

La sensación de inseguridad, que importa tanto o más que la inseguridad misma y que no siempre está en relación proporcional con esta, puede ser bastante subjetiva, pero siempre es inquietante. Abarca un muy amplio abanico de situaciones que pueden afectar de modo muy distinto y particular a cada uno de nosotros, pero, en una forma o en otra, afecta a todos, miente quien afirme lo contrario.

Necesitamos, unos más y otros menos pero todos en alguna medida, sentir seguridad para nuestras familias, vivir con la certidumbre imprescindible para sentir confianza en medida razonable, de poder contar con una vivienda digna, con trabajo que nos procure ingresos que atiendan las necesidades básicas y las mejores condiciones de vida a las que aspiremos, para contar con un futuro prometedor para nuestros hijos, para que la Justicia nos proteja de los abusos de los poderosos y la Ley del hombre expulse a la de la jungla. La angustia que genera una sensación de inseguridad, aunque esta no sea generalizada sino difusa y sin concreción pero perceptible, es el primero de los temores que nos inquietan: nada duradero se puede construir sobre cimientos de barro, no es seguro.

La fuerza de la información marca nuestro tiempo. El poder de los medios, las redes sociales, y los vehículos, cualesquiera que estos sean, en los que viajan a todos los rincones del planeta, en tiempo real, acontecimientos y noticias, previsiones y recuerdos, consejos o advertencias, mentiras y verdades, es el ejército más poderoso que jamás halla existido. Los límites de sus posibles son difíciles de detallar: pueden destrozar futuros, alterar presentes o desdibujar pasados; pueden cambiar gobiernos, hundir economías, destrozar personas… o países enteros; pueden provocar pánico, ignorar realidades o disfrazar circunstancias; pueden contar o engañar, denunciar o amparar, servir o matar… Ellos, lo saben.El control de los que “cuentan” lo que nos está pasando, de los que juegan a vaticinar lo que nos va a ocurrir y de los que buscan y, encuentren o no, señalan culpables para cargar con las responsabilidades de lo malo que nos haya sucedido o nos pueda ocurrir, es la clave que mueve los engranajes del mundo en el que vivimos.

Persiguen el control de los hechos que pensamos relevantes, y son muy capaces de alterarlos de modo que los que lo son aparezcan como fútiles y los intrascendentes semejen relevancia. El objetivo es una irrealidad a medida, que sirva a los fines de quienes la dibujan a costa de los que nos vemos obligados a vivirla. Una realidad ficticia en la que no hay más verdad que la que se estipula como tal, en la que la mentira deja de serlo por prescripción de los “facultativos” empeñados en la construcción de ese inmenso escenario, de cartón piedra, en el que se reparten guiones a títeres que ignoran la obra que van a interpretar en la siguiente función. Quieren que dejemos de ser personas, necesitan que abdiquemos nuestra singularidad, precisan de marionetas, no de voluntades…

Las más altas instituciones del Estado, sus esbirros, siervos, correveidiles y demás fauna asociada, transmiten información con la intención de presentar un panorama bonancible, un futuro prometedor; se nos dicen cosas que pretenden calmarnos hoy para confiar mañana; se recurre a una Historia falseada para asustar sobre un porvenir presentado como temible; se suscribe la más ridícula demagogia, abrazándola como dogma, respetándola como argumento…; se aplaude la procaz desmesura, el insulto fácil, la vulgaridad de quien carece de otra capacidad; se miente sin vergüenza, se engaña con alevosía, se manipula con descaro. La consigna es única, inaplazable e inalterable: “hay que transmitir seguridad, no importan los medios: ¡tenemos que transmitir seguridad!”

Si se paran a recordar lo que aconteció a raíz de la crisis de 2008, como llegamos a ella, lo que no se hizo para evitarla y lo que se intentó hacer, hasta la grosería, por negarla; si se molestan en refrescar la memoria sobre lo que se decía, lo que se prometía, lo que se aseguraba y lo que se volvía a asegurar, si reviven la dureza de las condiciones económicas que tuvimos que hacer frente, cuantos perdieron su trabajo, cuantos lo poco o mucho que tenían, cuantos la alegría, la salud y hasta la vida, sin ser, en absoluto, responsables del cataclismo al que nos arrastraron egos y protagonismos tan repugnantes como delictivos; si lo hacen, tal vez quieran hacer algo por no tener que volver a hacer lo mismo.

Nos hablan de progreso, y se les llena la boca de… libertad -desde la muerte del dictador, no hemos sido nunca menos libres de lo que lo somos ahora-, nos piden confianza, nos prometen seguridad, afirman días mejores y mejoras diarias… Quieren convencernos de que los cimientos sobre los que nos movemos, para vivir, los mismos que servirán para que los que vienen detrás de nosotros vivan también sus vidas, son seguros y firmes, ¡como el acero…! Sucede, sin embargo, que el “acero” es de cartón, ni siquiera

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