Flamenco

Carlos Martín Ballester

Adiós a Fernando de la Morena

Cuesta escribir unas pocas líneas para honrar la memoria del amigo y enorme artista Fernando Carrasco Vargas, Fernando de la Morena, fallecido este jueves en Jerez de la Frontera.

Por su recorrido vital y sus circunstancias personales, tuvo la fortuna —y las fatigas— de que el flamenco fuera un elemento consustancial a su propia existencia. Nacido en la calle Cantarería, desde niño escuchó el cante de los mayores en su Barrio de Santiago, cuyos sonidos, tan profundamente jerezanos, determinaron su sentir flamenco. En Fernando se aprecia perfectamente la figura del artista que, habiendo dedicado gran parte de su vida a otros oficios, pero conservando un estrecho vínculo con el flamenco, fue incorporándose —progresivamente— a la vida de artista. Cuántas veces recordaba su labor de crío en las gañanías («con un tomate ná má»), la convivencia estrecha, el cante al caer la tarde. Los años que trabajó en el taxi también le permitieron tener un contacto intenso con artistas mayores que él, organizando fiestas, asistiendo a otras, y disfrutando de momentos únicos. Cuántas noches nos desgranaba las peculiaridades, como en una liturgia que se estrenaba cada noche, del cante de La Bolola; y cómo se detenía en comentar —con todo el cariño que imaginarse puedan— no ya la música de aquella gitana humilde y de cante monumental, sino su casita («una chozaaa»), sus gestos, su candor y sencillez, en definitiva. Luego vendría su etapa de repartidor de Bimbo (¡con qué naturalidad hablaba de sus trabajos anteriores!), que le brindó estabilidad y un sueldo fijo. Pero el cante seguía ahí: las fiestas, las bodas, los bautizos, el Camino del Rocío, la Feria de Sevilla y su Jerez... Y el gran salto: el flamenco como profesión. Comienzan a reclamarle fuera de su ámbito natural: otras provincias andaluzas, Madrid, Barcelona, Francia... los festivales, los discos... Ya no paró.

Pero lo que más destacaba de Fernando era su autenticidad: lo mismo que su cante destilaba las experiencias vividas y olía a Jerez más que ninguno, su forma de ser era cautivadora. Ocurrente, cariñoso, entrañable, perspicaz, generoso... pero también con una fuerte tendencia a la introspección, con un complejo ministerio del interior fruto de los muchos análisis de la realidad propia y la extraña.

Además de las innumerables experiencias vividas con él en Jerez, sus numerosas visitas a Madrid han dejado en la afición madrileña una estela de flamenco fetén. Por supuesto, debido a su enorme dimensión festera, ya que con él se va el maestro supremo de la bulería, pero también por su profundidad por seguiriya, soleá, bulería pa escuchar, fandangos, malagueñas o tarantos, siempre teñidos de una enorme personalidad. Quedan en el recuerdo sus dos últimas presencias en Madrid el pasado año, en el I Festival del Círculo Flamenco de Madrid, en memoria de José Luis Gálvez; y su recital en el propio Círculo, donde cantó con una verdad y expresividad desconocidas. Descanse en paz.

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