Pablo Iglesias quiere cambiar a toda casta el código ético de Podemos. Está soltándose la melena de las limitaciones que le agarraban la coleta. La mudanza desde el pisito de su tía abuela en Vallecas al chaletazo de Galapagar es sólo la parte inmobiliaria del proceso. En lo mobiliario rechaza: 1) la limitación salarial, 2) la de mandatos y 3) la de acumulación de cargos. También alterará la estructura del partido, para que quede más nítida su configuración jerárquica.

Estos son los hechos. Lo difícil es valorarlos, al menos para mí. Lo de antes me resultaba sencillo de criticar porque siempre he arremetido contra la demagogia de los salarios jibarizados. Creo que cada cual debe cobrar conforme a su mérito y responsabilidad, y que lo malo es la pobreza, no que haya quienes lo ganen bien. También he escrito contra las limitaciones de mandatos. ¿Recuerdan aquellos artículos en los que me preguntaba por qué -si el pueblo soberano vota a alguien para que siga al frente de un cargo- había que limitar desde fuera esa voluntad popular? Contra los chalets nunca he tenido nada, salvo que prefiero las casas-palacio.

Si ahora criticase las evoluciones de Pablo Iglesias, ¿no estaría dejándome llevar por prejuicios ideológicos o alergias personales? Verdad que, como dice el refrán, "dos que duermen en un mismo colchón [de la Moncloa] se vuelven de la misma condición" y que Iglesias ya cambia de parecer al mismo ritmo frenético que Sánchez. Pero si evoluciona hacia posturas que yo defendí antes y desde posiciones que le critiqué tanto, ¿puedo oponerme?

La sagaz periodista Ana Cabanillas ha dado una clave: "Pablo Iglesias adapta las normas de Podemos a su nueva situación personal". Iglesias y Montero podrán cobrar un 20% más con su propuesta salarial y donar un 75% menos a Podemos, por ejemplo. Eso es lo que resulta sospechoso. Yo, en cambio, defiendo los sueldos considerables desde muy lejos, desde la teoría más platónica.

La raíz del problema está en hablar de "códigos éticos". Con ese sintagma ponen el acento en lo que tiene de código, o sea, de ley positiva y, en consecuencia, de norma reformable, más que en lo que la ética tiene de principios sólidos y atemporales. A efectos prácticos, sin embargo, celebro que, aunque mintiendo lo suyo y más por egoísmo y afán de poder que por generosidad, en Podemos vayan dejando la demagogia en casa (en el piso de la tía abuela, digo).

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