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Ah, la pureza

El señor Torra ofrece a nuestra mirada, sin veladura alguna, la vera efigie, la vera icona del nacionalismo

El señor Torra tendrá sus defectos, pero nadie puede acusarle de demócrata. Quiero decir que lo bueno, lo extraordinario, lo inmejorable de su elección, es que el señor Torra ofrece a nuestra mirada, sin veladura alguna, la vera efigie, la vera icona del nacionalismo. No una imagen deformada, sino su rostro lampiño, despojado de su melifluo y tierno victimismo. Con lo cual, y si esto no indicara la proximidad de un enfrentamiento civil, uno encontraría divertidos tanto la consternación de doña Ada Colau como la sorpresa, el abatimiento, la estupefacción del señor Domènech ante la elección de un Molt Honorable abiertamente racista, urgido por la visceralidad y el odio (otro día hablaremos de por qué el supremacismo viene siempre sustentado por ejemplares humanos algo menos que mediocres). ¿De verdad pensaban doña Ada y don Xavier que el nacionalismo, que el separatismo, el independentismo, etcétera, era otra cosa que una paciente conversión del vecino en enemigo?

Para estos casos, uno siempre se acuerda de la frase de Dumas hijo, cuando trataba de explicar el carácter de Dumas padre: "Mi padre es un niño mayor que tuve cuando yo era chico". Algo así cabría decir de los nacionalismos, sólo que al contrario: el nacionalismo es una enfermedad infantil, una fiebre puerperal, que ataca a las democracias adultas. Esto significa que la Europa de las primeras décadas del XX no puede explicarse sin la violenta erupción de los nacionalismos balcánicos, fomentados por la Rusia de Nicolás II. Pero tampoco sin el folclorismo que inundaba el siglo y que la Alemania nazi llevará a un ápice criminal, vertiginoso e inconcebible. Un siglo después, la Europa de las naciones, la Europa de los pueblos sigue dificultando a la Europa democrática. De modo que ahí tenemos al señor Torra, miembro de una raza superior, aupado a la presidencia de una república xenófoba, donde los verdaderos catalanes no tendrán nada que temer. ¿No es esto maravilloso? ¿No es deseable que los catalanes de verdad disfruten de su país sin la injerencia, sin el abuso de una catalanidad miserable y adventicia?

El problema, como siempre, es la pureza. El problema es quién decide cuáles son los catalanes verídicos y quiénes los catalanes de pega. El problema, minúsculo si se quiere, es con qué derecho puede el señor Torra dictaminar quiénes son los catalanes fetén y quiénes "bestias con forma humana". El problema, en fin, es que alguien dude todavía sobre las beneméritas intenciones del señor Torra.

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