Postrimerías

Ajmátova

Los versos de la poeta insumisa seguirán siendo leídos cuando ya nadie recuerde el nombre de los verdugos

Al evocar la gigantesca figura de Ajmátova, la gran poeta rusa de una generación martirizada por la tiranía soviética, no sabemos si admirar más su obra, en la que los ciclos de Réquiem y Poema sin héroe señalan cumbres del siglo, o la dignidad con la que la autora, una mujer de fortaleza extraordinaria y valor casi inverosímil, sobrellevó el maltrato, el acoso y el ostracismo al que fue sometida durante décadas. Conmueve recorrer de nuevo su itinerario de la mano de Eduardo Jordá, que ha escrito una hermosísima biografía en primera persona -sobriamente titulada con el nombre de la poeta, Anna Ajmátova, seguido de un verso del primer poema citado, Bajo el muro rojo y ciego, el libro está disponible en la colección Vidas Térmicas de Zut Ediciones- donde narra los incontables padecimientos que hubo de afrontar por no renunciar a su independencia, reiterando el non serviam en un país transformado en inmenso presidio, ni a dejar de vivir en su amada Rusia. Suelen citarse como hitos de su calvario la ejecución de su primer marido, el poeta Nikolái Gumiliov, promotor del acmeísmo en el que militó también su amigo el inmenso Mandelstam, otra víctima de los sicarios de Stalin; la deportación del hijo de ambos, Lev, que volvería del gulag anímicamente destruido, o la muerte en un campo de concentración de su tercer marido, el historiador del arte Nikolái Punin. Pero la indomable Ajmátova no sólo tuvo que enfrentar esas pérdidas y otras, sino que malvivió en condiciones miserables y se convirtió en una apestada, tachada de decadente -"medio puta y medio monja", decían los periódicos y los decretos del Partido- y rehuida por los escritores adocenados que escondían su mediocridad al amparo de las publicaciones oficiales. No se le permitía difundir sus obras y ella misma destruía sus poemas después de componerlos y memorizarlos, como Nadiezhda, la esposa y viuda de Mandelstam que dejaría testimonio ineludible del itinerario de ambos en Contra toda esperanza, uno de los libros de memorias más estremecedores de aquella época maldita. La vida de Ajmátova, recreada por Jordá con conocimiento, sensibilidad y una prosa de muy alta densidad lírica, fue una "tragedia absoluta", según la calificó Isaiah Berlin después de su célebre entrevista de noviembre del 45 en el devastado San Petersburgo, entonces Leningrado, de la inmediata posguerra, tras la que las autoridades retomaron la persecución de la poeta insumisa. Su sufrimiento, con todo, no fue inútil, porque nunca se dejó humillar y porque pudo contar el drama de un pueblo entero, en versos que seguirán siendo leídos cuando ya nadie recuerde el nombre de los verdugos.

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