El sábado pasado, España se dio de bruces con el fatal accidente de un futbolista conocido. Una pena que unos chavales - el jugador y dos primos - acabaran dentro de una bomba de fuego manejada por ellos mismos. No es comprensible que esos coches que llaman de alta gama; automóviles de lujo, más que de lujo, que se convierten en un arma letal, conducida por personas con pocas luces. Comprendo lo noticiable, el dolor por la pérdida de un nombre importante de nuestro fútbol - a mí, sevillista de un catorce de octubre, cuando nació una ilusión, me duele como al que más -, sobre todo porque tres hombres han muerto en plena juventud. Hasta aquí, todo bien dentro de la trágica realidad. Sin embargo, hay que tener en cuenta y manifestar la que es justa medida: la consecuencia letal de un coche - un bólido de carreras con cilindradas mayúsculas y caballos para llenar dehesas - en manos poco apropiadas. No comprendo por qué se hacen y se venden tales máquinas que, aunque bellas, son mortales cuando son conducidas de forma irresponsable. La tragedia de la carretera de Utrera hubiera pasado desapercibida para casi todos - menos para las pobres familias afectadas - si el conductor no hubiese sido quien ha sido. No es la primera vez que estos futbolistas de hoy, tocados por la vara mágica de la fama y del dinero fácil, son tristes protagonistas de accidentes como este por conducir de manera temeraria. Lo malo de todo esto es que, desgraciadamente, estos jugadores de fácil vida, de gama alta, se convierten en imagen y modelo para muchos - sobre todo, para nuestros jóvenes - y algunas de sus locas actuaciones con coches de película son seguidas, por irresponsables, con instrumentos menos sofisticados pero con los mismos argumentos de muerte. Correr por correr en la carretera es la antesala del drama. Tomemos nota todos; también, los que ya no tienen edad para jugar al fútbol y cogen el coche como si no hubiera un mañana.

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