Los lectores de este diario hemos podido asistir en estos días al viejo juego de las cartas abiertas enviadas a un periódico en espera de una contestación por el mismo medio, iniciándose así una polémica a la que los lectores asistimos impávidos como si fuésemos vulgares espectadores pasivos de medios audiovisuales. No es nada nuevo eso de poner verde a alguien a través de una carta pública y esperar la respuesta para rebatirla y así, sucesivamente, hasta que el cuerpo aguante o los sufridos lectores se cansen.

El género epistolar es uno de los más clásicos, condenado a desaparecer por mor de las redes sociales y los correos electrónicos. Séneca escribió cartas a Lucilio, San Pablo a las primeras comunidades cristianas, grandes escritores de cartas fueron Petrarca, Erasmo y Montesquieu. Rilke las dirigió a un joven poeta, Kafka a su padre, las de Neruda eran de amor. En España, Colón escribió a los Reyes Católicos informando de sus hallazgos en Indias, Fernández de Andrada redactó su Epístola moral a Fabio, Blanco White publicaba cartas desde España escritas en Inglaterra, Bécquer desde Veruela, son famosas las marruecas de Cadalso.

Las hay para todos los gustos y no siempre el tono es amistoso, como suele ocurrir entre aquellos que se creen genios de la pluma. Pedro Abelardo mantuvo una dura polémica con San Bernardo allá por el siglo XII, Lope de Vega escribió contra Cervantes, mi admirado Luis Cernuda hablaba mal de todos sus supuestos amigos a través de cartas dirigidas a otros que, a su vez, sabían que correrían la misma suerte. Aunque a algunos los tengamos en los altares, resultan vulgares a más no poder. No existe tanta diferencia entre los programas de cotilleos y el mundillo literario. En el fondo tienen el ego subido o, como diría Juan Cruz, revuelto. Muchos de ellos no han visto el mundo más que a través de los libros y rara vez se asoman a la ventana para ver qué pasa y cómo funciona la calle. Decía mi amigo Ignacio Darnaude que a un escritor solamente le gustan tres cosas: que lo alaben, que lo alaben y que lo alaben. Y muchos creen que no son alabados lo suficiente y cargan contra todo aquél que no lo haga o aquellos críticos que ejerzan con independencia y honestidad. En el fondo son niños grandes. Además, las amistades literarias no son más que eso: pura literatura. La ficción es una cosa y la amistad otra bien distinta.

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