El pasado está de moda. Los grandes directores y directoras de cine están ahora dibujando sus historias en blanco y negro, con éxito y haciendo ver lo de gama cromática que se esconde en tantos tonos de grises. Lo último en tecnología son móviles, cámaras fotográficas y transistores sacados del baúl de los recuerdos. Vuelven los vinilos con más fuerza y más carga emotiva que nunca, recreando ambientes de guateques y porros de segunda. Las tiendas digitales están reciclando cajas desempolvando tocadiscos clonados de aquellos aparatos de los de los años cincuenta del siglo veinte. Modelos retros de miles de objetos son virales, y más que a los anticuarios les mola a los jóvenes de instagram y facebook. Lo vintage está en auge. Lo está vestir ropa de segunda mano o su sucedáneo como fantasías de vaqueros rotos con pantalones y faldas que ineludiblemente cada vez se parecen más a los modelitos de las muñecas de las spice girls y poco a los de las nuevas bandas de spotify. Lo de rescatar muebles, vajillas y objetos de decoración antiguos de los mercadillos, poner baldosas con secuencias geométricas y aspecto desgastado en casa, se considera lo más, y en el mundo de los videojuegos o los cómics vivimos en la época del remake, de las adaptaciones y reinicios de series y sagas, de los documentales y recreaciones históricas de personajes literarios de autores de otros siglos. Este frenesí por lo ya vivido y por la nostalgia nos está guiada por la propia esencia del ser humano. La de que cuando avanzamos tanto y a tanta velocidad, se desea una pausa, apetece retrotraerse a tiempos pasados más emotivos y con las añoranzas precisas. Error o no, es así. Siempre que sea para después dar otro salto de modernidad, bienvenido sea. Aunque sea en blanco y negro, en verde y blanco y no sabemos si con vox y voto.

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