DIARIO DE JEREZ En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Llevo cincuenta y tantos días metido en mi casa. Como usted, como casi todo el mundo. Lo llevo mal, muy mal; como casi todos. Tengo miedo; miedo a ponerme malo; miedo a que se pongan malos los míos; miedo a estar solo en una cama de hospital; miedo a salir a la calle; miedo a lo que está por venir. Pero eso es problema mío por ser tan miedoso. Ahora, casi por obligación, debo olvidarme del miedo y salir a la calle, salir a andar cuando nunca se ha andado ni para ir a por el pan; ahora hay que hacer deporte; sí deporte, aunque el único deporte que hayas hecho es viendo correr la banda a Jesús Navas; ahora hay que pasear, aunque sólo hayas paseado desde tu casa al bar; hay que ir a la playa; yo llevo ocho años sin pisar la arena. Pues nada, a la playa. No, mire usted. No voy a participar de eso de la desescalada. Saldré cuando pueda ir sin mascarilla, cuando pueda abrazar a mi gente, cuando esté seguro de que volveré a mi casa y no tendrá que desinfectarme con lejía, cuando sepa que, si me pongo malo, pues me tomo la pastilla que sea y me pueda curar. Y no me va a pasar nada porque en mi casa, a pesar de la imposición, leo, escribo, veo películas buenas, ordeno papeles, coloco los libros correctamente, cambio los cuadros de sitio y hasta tengo tiempo para andar un rato grande los treinta pasos de mi dormitorio al salón pasando por la cocina. Y es que, mire usted, llevamos, ya, veintitantos mil muertos, sí veintitantas mil criaturas fallecidas; muchísimos se han ido solos en el hospital, sin una mano cariñosa que los acompañara. Y, ya, casi nos hemos olvidado de ellos. Por eso, me voy a quedar en mi casa. Porque tengo miedo a que siga muriéndose la gente; a que me entere de que algunos amigos queridos, también, puedan irse ahora, por culpa de esa ansiedad por salir a la calle sin ton ni son. Por cierto, Señor Presidente, se podría usted poner una corbata negra. Pero, ahora, no cuentan ni los muertos ni la corbata negra. Hay que salir a andar.

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