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Letizia Ortiz, Cayetana Álvarez de Toledo y Carmen Calvo comparten su gesto serio y antipático ante la opinión pública que se supone debe comprar sus discursos y comparecencias. No sé si la aspereza está de moda, si es una manera de imponer distancias, un complejo solapado o el íntimo convencimiento interior de que pese a sus esfuerzos estéticos y lingüísticos no pueden gustar porque no se gustan a sí mismas. Demasiado afán de perfección, dicen de una, altanería y desprecio, critican de otra; pura mediocridad sentencian de la tercera.

No soy psicóloga y por tanto ignoro los extraños mecanismos que conducen a la antipatía. No sé si es genético, si un suceso nos vuelve así o si se aprende con los años como casi todas las cosas buenas y malas de la vida. Estas tres mujeres son antipáticas y estamos condenadas a verlas a diario exhibir su gesto airado.

Ningún asesor de imagen al parecer les ha dicho que esas caritas tiran de espaldas. Nadie les ha sugerido que sonrían, que escuchen, que tengan sentido del humor, que guarden sus inseguridades para sus seres más queridos.

Parecen gallos de pelea a los que colocan espolones con los que defender ideas e instituciones a costa de su propio desgaste. No se entiende y no estoy pidiendo que se hagan fotos con negritos y ancianas, ni que se conviertan en bufones. La cercanía y la afabilidad son otra cosa.

Muchos quieren echarnos la cupa de la antipatía que ellas exhiben. De Letizia dicen que le tenemos manía, de Cayetana que nos molesta su inteligencia y de Carmen Calvo que la tenemos por mediocre sin serlo. Quizás piensen que la antipatía da prestigio, si no, ya habría sido corregida, imagino. Un día, estando Cayetana en pleno éxtasis de adjetivos peyorativos concatenados, una de esas retahílas que tanto le gustan, me dijo un amigo: esta mujer me pone una barbaridad. Como sé que no es su tipo le dije que le pondría la mala baba que gasta. Eso, eso, me contestó riendo. De Irene Montero no digo nada porque es un clon clavadito de su marido.

De la antipatía pública de estas mujeres nos salva, al margen de ideologías, Inés Arrimadas, a quien todos los partidos querrían tener en sus filas. Cara de niña, firmeza en el discurso pese a su imagen algo frágil, mirada directa y labios carnosos capaces de besar, de herir y de callar. No hace falta más, pero qué difícil es tener lo que ella tiene. Tiene el don de la normalidad. Ojalá no se tuerza.

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