Desde la ciudad olvidada

José Manuel / Moreno / Arana

Arte inmaculista

UNA enorme concha se levanta sobre el altar de la capilla del Voto de San Francisco. Esta bella bóveda simboliza el vientre virginal de María, del que nace milagrosamente esa valiosa perla que es Cristo. Este espacio, levantado a mediados del siglo XVI bajo las trazas de Pedro Fernández de la Zarza, es quizás el más antiguo y mayor testimonio del fervor inmaculista jerezano, aunque ya existen referencias a esta devoción tan franciscana a la Virgen de la Concepción precisamente en el mismo convento desde el siglo XV. En cualquier caso, la verdadera exaltación vendrá en el seiscientos. En 1617 el cabildo municipal hizo voto de defensa del dogma allí, un hecho que le dará su nombre popular a la capilla. Ese mismo año el cabildo eclesiástico hará lo propio en la Colegial. La valiosa talla que se cree que presidió el acto está hoy retirada del culto en espera de su ansiada restauración. En el actual templo catedralicio, este legado concepcionista quedó ostentosamente reflejado en lugares claves por sendas esculturas de esta iconografía. En el desaparecido baldaquino, se dispuso otra interesante talla, tristemente mutilada, aunque redescubierta hace poco tras muchas décadas de abandono. Una en piedra se colocó en la puerta principal. Y con el mismo sentido fueron incorporadas semejantes figuras en el exterior de las iglesias de la Cartuja y San Miguel. Otras dos Inmaculadas, ahora de monumentales proporciones, ocuparon dos de los más grandiosos retablos hechos durante el siglo XVIII: los mayores de las iglesias de la Veracruz y San Mateo. El primero sucumbiría junto a su convento en 1868. Pero queda la imagen mariana, languideciente y olvidada, en la sacristía de Santo Domingo.

Ante todo ello cabe preguntarse: ¿para qué queremos estrafalarios monumentos a este dogma si hay tanto patrimonio como este por recuperar y conservar?

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