Fernando Taboada

Entre la playa y el turrón

CREÍA yo que estaba curado de espantos, pero qué va. Cuando pensaba que lo había visto ya todo en una feria, voy y me encuentro nada más entrar por la puerta de la calle Córdoba a un fulano en bañador, con chanclas cangrejeras, la toalla al hombro, la espalda achicharrada y rajando de la playa del Hontoria:-Valiente estafa, primo. Esto se parecerá a Valdelagrana, pero por la levantera, porque ya me dices tú cómo pegarse aquí un baño, que llevo buscando la orilla desde las once y lo único que veo son chiringuitos.Porque habrá quien no se acuerde, pero ¿no nos hablaron hace años de montar una playa en el González Hontoria? ¿A que no lo hemos soñado? Pues aquí llegan las consecuencias. Se corre la voz, se anima el personal a darse un chapuzón antes de marcarse unas sevillanas y con el despiste acaba la gente preguntando para alquilar una tumbona frente al templete.

Estas cosas no pasarían si no fuera por los calentones de imaginación que sufren nuestros candidatos cuando se avecinan elecciones. Si en condiciones normales de presión y temperatura ya una persona con aspiraciones alcaldables está capacitada para prometer el oro y el moro, cuando se trata de un martes de feria, a eso de las seis de la tarde, después de una cifra incalculable de brindis, si hay que prometer una estación espacial a los vecinos de la Granja, o un acueducto de Segovia que atraiga a los turistas, se les pregunta de qué color lo quieren, que para el mes que viene empiezan las obras.

Alguien podrá sospechar que los turroneros son los mayores liantes del mundo. Y es verdad que andan cerca, porque hay que reconocer el mérito que tiene alguien capaz de convencer a la gente para que compre tabletas de Jijona cuando los termómetros marcan la temperatura a la que se derrite el plomo. Pero el candidato en campaña siempre les ganará la partida a los turroneros porque, sin pestañear y por el mismo precio, ofertará un funicular para bajar al Chicle, un museo de Lola Flores y otro del jamón, un tranvía que pase por la calle Honda, y de regalo estas dos tabletas de nata con nueces, que me las quitan de las manos.Es una habilidad como otra cualquiera esa de recorrer la feria repartiendo sonrisas, promesas y algún que otro abanico con las siglas del partido entre lunares. Pero requiere armarse de valor y rodearse de militantes, razón por la cual siempre se les verá en grandes comitivas, unas veces en formación tortuga y otras veces andando anárquicamente, pero siempre buscando una caseta con algo de sombra y lo más importante, el baño de multitudes, que oiga, en un sitio donde al final quedamos en que no había playa, no deja de ser un baño.

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