Nos atacan por mar, tierra y aire. Sea por los vientos huracanados de los últimos días, los virus epidémicos de nueva generación, el asfaltado de nuestras calles o los miles de mascarillas tiradas por nuestras aceras. Pero aún así, no nos sentimos sitiados. Eso sí, cuando la memoria histórica vuelve a hablar de toque de queda se nos reaparecen viejos fantasmas. Todos esos que nuestros abuelos nos contaban en épocas de guerra civil como lo peor que le podía pasar a una generación. Todos aquellos derivados de épocas de hambruna, de achicoria en vez de café y de juegos florales cada primero de mayo. Por eso, cada vez huele más a miedo. Las generaciones actuales han vivido de espaldas a la historia por la autocomplacencia de quienes dirigían los designios de nuestras vidas. Ahora que, la realidad está superando a la ficción, es cuando menos criterios tenemos para olvidar el pasado reciente.

Es cierto, que entre tanta alarma, estado de sitio, toque de queda, miedo al virus y esperanza en el salvador de todo esto en forma de vacuna, se nos está quedando la cara de tonto que suponemos se le fueron quedando a generaciones de anteriores siglos cuando las cosas iban mal dadas. Aprender de la historia es un ejercicio de inteligencia emocional como ninguna otra. Sacar conclusiones de lo que nuestros antepasados tuvieron como conductas para solucionar entuertos es una necesidad. El problema es que ahora nadie es dueño de sus actos, sino que, endeudados como estamos de emociones, nos dirigen y nos mangonean las altas esferas del poder. No sabemos si el estado de sitio puede tener ventajas o inconvenientes. No tenemos claro si poner asfalto en una calle es signo de modernidad o nos están engañando por otro lado. No podemos deducir si la campaña de vacunación de la gripe ahora es tan necesaria como dudosa para su eficacia. O si las del coronavirus llegarán o no. En un mar de dudas revuelto, ganancia de pescadores.

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