Si don Emilio Castelar levantara la cabeza… Un recurso retórico lleva años convirtiéndose en el recurso automático de la oratoria política española. Consiste en decir al que acusa de cualquier cosa: «Y tú, más». Pone nervioso -es verdad- que cualquiera te afee algo que él hace o hizo o hará de forma más acusada; pero si uno ha leído a Agustín de Hipona, que ya avisaba en el siglo IV de que nadie ve los defectos del prójimo a menos que los tenga él, no hay que extrañarse.

San Agustín aparte, no me gusta la respuesta del «Y tú más», porque es una oportunidad perdida para el epigrama. El otro día, en los comentarios a mi artículo sobre el sentido del humor, un leído lector recordó que, cuando William Gladstone le dijo a Benjamin Disraeli: «Caballero, usted morirá en galeras o de alguna enfermedad vergonzosa», el otro replicó: «Eso dependerá, caballero, de si abrazo su política o a su amante». Qué epigrama repentino nos hubiésemos perdido si Disraeli hubiese dicho: «Y tú, más». Otro lector contó otra anécdota: la lideresa puritana Laura Ormiston Chant trataba de imponer la ley seca en Inglaterra y un jovencísimo Churchill alentaba la reacción epicúrea. Exasperada, le gritó: «Si fuera su esposa, le pondría veneno en el café»; a lo que éste respondió: «Si fuese su marido, me lo bebería».

Además de mi rechazo a la respuesta estereotipada y en cadena, hay otra razón para rechazar el «Y tú, más». El orgullo virtuoso, un bien cada día más escaso. ¿O acaso quien responde «Y tú, más» no está asumiendo, para empezar, que lo que le dicen es cierto, como poco en parte? Y, para terminar, no está practicando el «Y yo, menos, pero aun así, ay», que es lo que tiene verdadero estilo.

Hay que aplicarse un criterio mucho más exigente que el del resto, sin consuelos de tontos a la redonda. La clave no está en fijarte en si el otro más o igual, aunque puedes hacer una ligera mención a San Agustín o, incluso, al refranero («Cree el ladrón, etc.») de cara a la galería. De cara al espejo, tienes que examinarte porque, aunque lo tuyo (o lo mío) sea muchísimo menos, es lo nuestro. Una vez examinado, o desmentirlo con contundencia (y gracia maliciosa a lo Disraeli) si es mentira, o pedir las disculpas más compungidas, aunque lo de uno sea menos. Porque es lo de uno y, por tanto, peor en lo que a uno respecta. Aquí, salvo los magistrados, no hemos venido a juzgar a nadie, sino a ser mejores.

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