la columna

Bernardo Palomo /

Bendita naturaleza

Debo confesar que entre mis muchas carencias se encuentra mi poco apego a todo lo relacionado con el campo. Hace poco, uno de mis alumnos me sacó de la duda al explicarme que un acebuche era un olivo silvestre y no un pájaro de nombre curioso, como yo creía. Por eso, para no pasar más vergüenzas como esta, he decidido acercarme a la naturaleza y conocer de primera mano lo que el campo ofrece. Para empezar, el otro día me apunté en el colegio a una ruta senderista que me aseguraban era de lo más fácil. Allí estaba yo bien provisto de, lo que después resultó ser, un triste aliño indumentario a juzgar por la contundencia de continente y contenido que presentaban mis discípulos y mis compañeros docentes. Profe, ¿tú no llevas comida?; me preguntó el más observador. Ante tan irrefutable argumento, no me atreví a decirle que mis cortas luces campesinas me habían hecho olvidar que el campo es el campo, o mejor dicho, que el monte es el monte, y allí no existen bares, restaurantes o vulgar chiringuito donde aprovisionarse de alguna que otra vitualla. Cuando llegamos a Benamahoma, después de hora y pico de autobús, con sus habituales canciones viajeras y algún mareo en forma de niño vomitador, el advenedizo senderista ya presentaba un más que considerable cansancio físico y anímico. La necesidad acuciante del café de media mañana tuvo que ser sustituida por un consciente afán docente, deportivo y naturista. Nos esperaba aquella senda, según los organizadores y los enteradillos de turno, para niños y abueletes - no pensaron en los mediopensionistas como yo -. Un caminito - textual - sinuoso a la orilla de un río nos hizo caminar más de tres horas. Hasta aquí todo bien - o regular para el que esto escribe -. Como iba el último de la fila por mis muchos años y por aquel triste aliño indumentario, a mitad del recorrido, sentí el aliento de tres perros del tamaño de dos miuras, justo detrás de mí. Al principio, el consabido "no se preocupe, no hacen nada", me hizo temer lo peor. Mi profesionalidad, no obstante, me llevó a aparentar no tener miedo para que los niños no se asustaran. Los puñeteros iban muertos de risa, sabiendo que su "profe" iba, también, muerto… de miedo.

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