Bienteveo

Andrés Luis Cañadas

La hora de Jerez

ESTO del obligado cambio de hora, que se ha producido el último fin de semana de octubre, ha traído a mi memoria como se vivía en Jerez cuando durante todo el año los relojes permanecían inalterables ya que ni existían las directivas europeas, ni falta que hacía entonces para regular la vida de los ciudadanos y nuestro pueblo sonaba cada día, al despertarse, con las sirenas convocando a cientos de trabajadores de las numerosas bodegas, repartidas por toda su geografía, a las que seguían el ronroneo, camino de los diversos centros de trabajo bodeguero, de cientos de pequeñas “motillos”, como las llamara Manaute, aquel Consejero socialista que dijo cambiar el campo en Andalucía, con una Reforma Agraria que solo sirvió para llenarla de carteles anunciadores de algo que nunca se cumplió…

Así sonaba, bien temprano, la hora de Jerez, como sonaba el tintineo de las copas de fino u oloroso, en el habitual aperitivo de mediodía que era una de las señas de identidad de la ciudad y de otras muchas andaluzas en las décadas de los sesenta a los noventa del pasado siglo veinte y el pito de la máquina del tren del Vino, el seco y metalizado entrechocar de los topes de los vagones de mercancías que maniobraban en la estación aguardando su carga para distribuirla por toda España, el sonido que anunciaba la llegada del afilador por los barrios del extrarradio de entonces a los que años más tarde se fueron superponiendo, por los cuatro puntos cardinales, los que hoy día conforman nuestra periferia y en la Hacienda Pública española, metafóricamente claro, el tintineo producido por las monedas de los cientos de millones que Jerez aportaba al erario nacional, vía impuesto de vinos y alcoholes de tal volumen que hasta contábamos en nuestra población con una sede del Banco de España.

Pero como el tiempo se nos escapa inexorablemente entre los dedos, mucho de aquello que tuvimos se nos marchó para dejar paso a otras cosas que sin duda contribuyeron a hacer de Jerez la gran ciudad andaluza que es hoy día, sin que ello nos impida reconocer que no todo lo que ha venido después haya supuesto un paso adelante en la permanente búsqueda de la perfección y el progreso al que debe aspirar toda sociedad que se precie y persiga la excelencia para sí misma y para quienes la integran.

Por eso choca y bastante que habiendo superado viejas carencias, habiendo conseguido convertirnos en población universitaria, habiendo mejorado nuestras comunicaciones con el Aeropuerto, las Autovías o el incremento de los servicios ferroviarios, alcanzando la consideración de referente cultural con la actividad del Villamarta, la Real Academia de San Dionisio, la Biblioteca Central, la recuperación del Ateneo o el valioso Archivo municipal jerezano, sigamos utilizando ese artificio tan manido de promesas que nunca se cumplen y que ya, en su propio origen suponían una entelequia como la millonaria idea de la ciudad del Flamenco, que nunca acaba de llegar, de Pacheco, la fábrica de Furgonetas de Pilar Sánchez o la Ciudad del motor de Pelayo y Saldaña, amén de otra serie de chascos que no enumero para no alargarme y amargarme como jerezano más…

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