La condena del éxito

Todos han sido discutidos después porque las modas cambian

A veces he creído que el éxito es incompatible con el arte de verdad. Pienso en pintura y se me viene a la cabeza Van Gogh, pienso en música y no veo más que espíritus atormentados, pienso en literatura y el alcoholismo y las vidas infortunadas son casi consustanciales a la poesía. Conocer las vidas de los autores más consagrados no nos ayuda a desvelar el misterio de la creación, pero sí a valorar su sacrificio y la relación del artista con su obra.

Por abrir los ojos, por reivindicar y relativizar a un mismo tiempo el éxito, merece la pena acudir a las exposiciones de pintura que actualmente se pueden disfrutar de Fortuny en El Prado, de Zuloaga en la Fundación Mapfre, de Picasso en el Thyssen y Murillo en Santa Clara. Son cuatro pintores que arrasaron en su tiempo. Todos han sido discutidos después porque las modas cambian y la saturación y sobreexposición de sus obras nos lleva al hartazgo, a mirarlos como se mira un cromo, un almanaque o la tapadera de una caja de bombones, con cansancio y desinterés.

Fortuny ha sido despreciado por su virtuosismo y porque después de él vendrían las vanguardias. Hizo al final del XIX una pintura comercial y amanerada de casacones y escenas morunas al gusto de la época que lo consagraron internacionalmente. Sabía agradar al público y torturarse a sí mismo por igual. Su éxito le permitía costear su afán coleccionista de antigüedades, pero le destruía por dentro. Conocer las copias de los clásicos y los desnudos de Portici es conocer su grandeza como pintor.

Zuloaga fue otro pintor de éxito europeo, coetáneo a las vanguardias que se afrancesó para finalmente mirar atrás y retratar a España de forma alucinógena con los colores de El Greco y la tristeza de la generación del 98.

Murillo deslumbró a pobres y a ricos, a curas y comerciantes en una Sevilla barroca llena de contrastes, de vírgenes y pícaros. Muchos han querido ver en Murillo un pintor beato pero pocas imágenes hay más carnales que sus santos. La cara amable de la religión, la humanidad, la ternura, las retrató como nadie lo había hecho antes.

Picasso es más complejo porque su éxito, al contrario de los pintores anteriores está en su rebeldía. Picasso nos enseña lo feo, el cuarto oscuro de la vida, la pintura que hay que explicar y descifrar. El abismo.

No sé si la rotundidad del éxito de estos pintores nos impide mirarlos de verdad, pero mirar su obra es mirarnos a nosotros mismos.

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