Pues parece que ni Dionisio Aeropagita, con su barba despeinada y su tipillo de asceta, es tan santo como parecía, ni la Virgen de La Merced tan fervorosa y piadosa, ni la amplia constelación de santos que nos precedieron estos siglos parecen tener mucho futuro en esta tierra nuestra de amoríos y desengaños.

Santos, beatos y demás privilegios se han ido marchitando por culpa de la modernidad. Más bien pasan sin pena ni gloria y hasta parece osadía criticar los designios municipales en pro de quitar días de fiestas de toda la vida en beneficio de una fiesta alcohólica denominada feria de las vanidades y que además se pierde en tiempos de primavera, muy a años luz de las necesidades espirituales de las fiestas de otoño.

No en vano, hasta el día de la Hispanidad se presenta descafeinado por aquello de la igualdad y la globalidad de pueblos y el resquemor de quienes participaron en la colonización bruta de tierras desconocidas. Ante tanto cambio de valores y de almanaque resulta importante hacer un cambio de chip para aceptar lo que la gente preparada hace para conseguir argucias de tipo social, para que la prevalencia de lo social sea superior a las creencias y las traiciones.

Y mucho menos a conveniencia de lo que dicten los nuevos apóstoles de las reuniones para decidir las fiestas religiosas o las paganas. Deberíamos pensar en acabar con todo el santoral, porque de esa manera el municipio en cuestión se reivindicaría como progre y posmoderno. Acabar con los reyes magos sería beneficioso para las tarjetas de crédito de los padres. Que la Semana Santa se traslade a Agosto, mejor para acabar con los riesgos de lluvia. Y ya puestos, que el Corpus, las comuniones, bodas y entierros se concentren en un día del año.

De esa manera acabamos con los problemas para encontrar payasos y castillos hinchables.

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