En este verano de ponientes frescos y largos, la calma chicha la está poniendo la política. Extraña, porque con 84 diputados Pedro Sánchez ha emprendido una carrera frenética de cambios profundos de rumbo y casi del Estado de Derecho y, sin embargo, nos quedamos impertérritos, apáticos, indiferentes. ¿Por qué? Detecto diez razones.

Las particulares de Pedro Sánchez ya las señalé. 1) Ha mentido tanto (que si nunca con los nacionalistas, que si enseguida elecciones, que si televisión independiente…) que su palabra dejó de tener interés. 2) Sus principios son líquidos y un día es constitucionalista, otro federal, uno no cree en las fronteras y otro las crea. Las vaguedades dan pereza. 3) Tanto foto y marketing disimulan su nihilismo en la nada, que es donde mejor se camufla.

Los otros contribuyen a esta parálisis. 4) El PP no hace oposición. El partido está partido. Más extraño es 5) el absoluto desconcierto de Ciudadanos. Contra Rajoy, se oponían mejor. Todavía estoy esperando que alguien me explique tal pájara. 6) En cambio, todos los partidos habituados a la labor de zapa están ahora apoyando al Gobierno de Sánchez. Haber llegado con tan escasos diputados propios ha tenido el efecto balsámico de haber creado lazos de complicidad con la media cámara más furiosa.

Tampoco hay que desdeñar las circunstancias. 7) La casi anti matemática llegada al poder de Sánchez nos ha dejado a todos, como se dice, mudos de asombro. 8) El verano con sus ansias universales de descanso ha venido a tender un velo de veleidades sobre la agitación de la opinión pública. 9) La táctica de transigir a toda prisa con los nacionalistas ha rebajado muchísimo la tensión política precedente, eso hay que reconocérselo, del mismo modo que rendirse en un camino expedito hacia la paz.

Todos estos motivos podrían desvanecerse en el otoño caliente y estaríamos ante la calma que precede a la tormenta. Pero no podemos olvidarnos del motivo 10), el más inquietante. Vivimos en una sociedad tan sesgada ideológicamente, con una izquierda henchida de superioridad moral, que, cuando gobierna la derecha, lo hace a contracorriente, cuesta arriba, a contrapelo y con complejos. Cuando gobierna la izquierda todo fluye, como flotando plácidamente en un río (¿hacia el mar, que es el morir?). No se puede hablar de política y mucho menos hacerla (ay, el PP) sin tener en cuenta y tratar de revertir ese efecto rebufo.

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