Como está claro que se hace camino al andar, no deberíamos estar preocupados por los riesgos del nomadismo del siglo XXI. Las piedras, los caminos embarrados y las cañadas reales han dejado paso al asfalto, los semáforos, los blablacar y los puentes aéreos. Los recorridos hoy van por otra línea que se entronca con la egoísta manera de vivir. Cada cual en su senda. El camino del Rocío es una huida y una excepción. Ahora llevan a los aparatos para detección de cáncer, y no a Roma, sino al valle de los Caídos. Si un tal Amancio toma decisiones en avanzadilla sanitaria, a los pocos segundos, aparecen salteadores de caminos. Si alguien osa dar el paso más allá de la cuenta, enseguida emanan cordones sanitarios para cortar la circulación del tobillo. Si hay buenas perspectivas económicas, a los pocos minutos alguien se encarga de recordar que lo de los brotes verdes eran experimentos de laboratorio pisoteados por los fantasmas. Si se empieza a vislumbrar mejoría en los contactos entre partidarios de diferentes signos, en pocos segundos se inicia una verdadera caza de brujas de fanáticos de los resbalones cortando el paso. Un mar de dudas. Eso es lo que dejan los caminos que estamos tomando a la hora de coger atajos respondiendo en redes sociales, criticando todo lo que se menea, rebatiendo sin ton ni son, yendo a contramano o creando caminos laberínticos para llegar al destino. Una nueva forma de andar por el mundo sin lazarillo, sin carromato, sin mochila, sin brújula y sin google maps. En la encrucijada de caminos estamos y en eso nos entretenemos. Lo de avanzar, ni de coña. Ahora los caminos se cogen para alguna romería o para hacer senderismo compulsivo sin el lujo de crear veredas y autovías para el futuro y sin la ilusión de que cada pisada dejada atrás, sea la huella del avance para crear autopistas hasta el cielo si fuese necesario.

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