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Rafael / Padilla

Capirotes y sambenitos

NO hace mucho, manifestaba aquí Pepe Aguilar su perplejidad por el hecho de que una juez instructora, tras considerar "insultantes y vejatorias" las manifestaciones difundidas por funcionarios cabreados contra la ex consejera Martínez Aguayo, acabara archivando su denuncia. En realidad, no sé de qué se asombra. En el inconsciente secular del españolito, aun del togado, sobrevive una arraigadísima vocación inquisitorial, un gusto enfermizo por la humillación y el linchamiento, que considera normal, y hasta justo, el escarnio público de todo notable en aprieto de tribunales.

La pena de telediario y la cada vez más exitosa de paseíllo han venido a sustituir, con singular júbilo e impunidad, a aquellos viejos capirotes y sambenitos con los que la Inquisición destrozaba el espíritu de sus víctimas. Ni presunción de inocencia ni gaitas. Investigado el sujeto, lo genuino y lo nuestro es, desde ya y por toda vía, lapidarle con gritos, improperios y ofensas. Está en el genoma de un pueblo impaciente, voluble y cruel que siempre ha preferido el clamor de las algaradas al silencio de los estrados.

Asistimos ahora a un magnífico ejemplo de esa pertinaz pulsión: me resulta increíble el debate sobre por dónde y cómo ha de entrar la hija del Rey a los juzgados de Palma. Es de sentido común que la infanta deba ser protegida. Está vinculada, al cabo, con una de nuestras instituciones básicas. Paradójicamente antes lo han sido -pregúntele a la madre de Sandra Palo- alimañas perversas. No se trata, por otra parte, de otorgarle un tratamiento desigual: cualquiera de nosotros, al amparo cálido del anonimato, acudiría al trámite sin el menor estorbo. Eso es lo lógico y lo cabal. Lo otro, el exponerla a la ira de las masas, resulta un castigo añadido que poco tiene que ver con lo que discuten si hizo y mucho con el visceral e interesado divertimento de propinarle estacazos a la duquesita.

Nos sigue arrobando el espectáculo de pasar por la quilla o por la plancha al infeliz que, habiendo sobresalido, atraviesa horas penalmente amargas. Supone, y bien que lo siento, la mejor prueba de que no hemos avanzado nada, de que nos continúa ganando lo más negro, zafio e irracional de nuestra ánima hispana. Maldita tierra esta de cobardes emboscados y de forofos del prejuicio. Ni entienden ni quieren entender la fundamental exigencia de que la justicia sea, en toda coyuntura, desapasionada, libre y reposadamente impartida.

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