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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Cara y cruz del papa Francisco

Las fortalezas de Francisco son las debilidades de Juan Pablo II y viceversa. Lástima que no se pueda trazar la bisectriz

Aestas alturas ya estarán informados del revuelo que se ha formado por una entrevista, publicada en el periódico italiano La Repubblica, en la que el papa Francisco hacía una confusa identificación entre cristianismo y comunismo. La polémica ha obligado al diario oficial del Vaticano, L'Osservatore Romano, a reescribir la grabación de la interviú -que más bien fue una conversación informal- para aclarar que la verdadera intención de Bergoglio, si es que hubo alguna, era señalar que fueron los comunistas los que copiaron de los cristianos la utopía de un mundo sin clases y no al revés. Nada que objetar siempre que el Papa no olvide la despiadada persecución a la que los regímenes comunistas sometieron a las distintas iglesias cristianas durante el siglo XX.

Sin embargo, la anécdota -la polémica no pasa de ahí- ejemplifica muy bien las equivocaciones y aciertos de un sumo pontífice que no duda en meterse en todos los charcos que encuentra en el camino y de los que no siempre sale airoso. Veníamos de dos papas muy diferentes: el enérgico, pastoral, conservador y andariego Juan Pablo II, al que la izquierda nunca le perdonará que fuese uno de los arietes principales en la demolición de la pesadilla comunista; y el fino, intelectual y asustado Benedicto XVI, que hizo las delicias de los estetas por sus zapatos rojos y de los intelectuales por sus conversaciones con Habermas, pero que quedó paralizado ante los lobos que merodean por las galerías vaticanas. Frente a estos, Francisco aparece como un papa progre y dispuesto a retomar el aggiornamento que emanaba del Concilio Vaticano II. De algún modo, por motivos eclesiales e ideológicos, se puede decir que es el reverso de Wojtyla. Las fortalezas del polaco son las debilidades del argentino y viceversa. Lástima que no se pueda trazar la bisectriz.

De Francisco nos gusta la manera franca y enérgica con la que ha dado respuesta a los casos de pedofilia en el clero -la más dolorosa e incomprensible equivocación de Juan Pablo II- y su apertura a temas que ya son ineludibles: divorcio, mujer, inmigración, desigualdad, etcétera, aunque en muchos de sus discursos se deja llevar en exceso por los lugares comunes de la corrección política. No nos gusta, sin embargo, su incontinencia verbal, su afición a la regañina, su incomprensible omisión del exterminio que están sufriendo los cristianos orientales y africanos, o su buenrollismo, que siempre busca epatar a golpe de titulares.

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