QUIEN nace pobre tiene derecho a prosperar y, de conseguirlo, la obligación irremediable de arruinarse. Al no estar acostumbrados, perecen ineludiblemente. Sin embargo, quien nace rico no tiene otra obligación más que la de mantener -en la medida de lo posible-, lo recibido 'gratis et amore'.

Pocos son los ricos nuevos que consiguen mantener una fortuna, más allá de su propia generación. Todos los viejos patrimonios fueron, alguna vez, de nuevos ricos. Y, todos los ricos viejos son educados en mantener y no malgastar el patrimonio recibido.

Ha muerto Manolo Domecq, todo un señor. Nacido señorito, incumplió dos de estas reglas, no escritas: pasar de señorito a señor, y enterrar buena parte de su prosperidad en la faraónica regeneración del palacio familiar de calle Benavente. Ambas trasgresiones no son explicables, sin su mujer, Carmen.

Mucho se está escribiendo sobre Manolo, y todo merecido. Yo he preferido recordarlo, a través de su mujer. Como contó Manolo en su biografía, Carmen es joven, guapa y rica, 'una combinación difícil de perdonar para los envidiosos.' Sin corregirlo, añado: 'y culta'. Y fue ese espíritu cultivado de Carmen el que trufó la personalidad de Manolo como señor y el que le acompañó, arriesgadamente, en la loca aventura de restaurar un palacio.

Es el mismo espíritu cultivado que ennoblece a sus hijas, más allá de los blasones, que tan bien representan con hidalguía. Hay un Jerez de casas y palacios arruinados, que alguna vez fueron de ricos de siempre. Faltó cultura y amor por su historia. Hay una casa grande en calle Benavente abierta por sus dueños, a propios y extraños, con dos almas. La de un señor, Manolo. Y la de una mujer cultivada, Carmen. Habéis sido un ejemplo en la defensa de nuestro patrimonio. Jerez os quedará eternamente agradecido.

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