juan / manuel / sainz Peña

Carta de mi primo facundo

MI querido primo Juan: tal y como te dije, pasé mi día libre visitando Jerez. Después de comprobar que el centro estaba más aburrido que ver una partida de ajedrez, me he acercado al centro comercial que han montado al lado de la tienda sueca. Esa donde no solo compras los muebles, sino que tienes que cargarlos en el coche y montarlos en casa después de haber mirado el plano trescientas veces, y darte cuenta de que aunque han sobrado cuatro arandelas, dos tuercas, tres tornillos, dos pegatinas y una bisagra, el mueble se tiene en pie y se abre y se cierra.

Aquello es enorme, y muy bonito, con tanta tienda moderna, tanta gente que no compra nada de nada, pero que se harta de dar vueltas sin un duro en los bolsillos.

Lo único que estaba hasta la bandera eran las hamburgueserías americanas que regalan gilipolleces con los menús infantiles, y un autoservicio en el cual, por menos de diez euros, te puedes comer todo lo que quieras. ¡Ojú, primo! Yo creía que en el pueblo éramos catetos, pero es que aquí la gente come lo mismo que si fuera a terminarse el mundo, y con más ansiedad que el niño del Sexto Sentido en las Torres Gemelas. Venga carreras y venga platos de pasta, pizza y postres, mientras la gente se arremolina en torno a los grifos de bebida con una sed que parece que vienen de comer bacalao en el desierto.

No te voy a mentir, ni la Encarnita ni yo nos cortamos un pelo. Repetimos seis veces con la lasaña y cuatro con los raviolis; y mientras yo ponía la comida en la mesa, mi mujer traía las cervezas. Ocho vasos se trajo. La mesa parecía la de una primera comunión. Qué fatiguita, primo, con el sol dando de pleno a las tres de la tarde, y metiéndonos, ya para terminar, docena y media de profiteroles con nata y chocolate. Ni movernos podíamos. Tres días he estado empachao, que llevo más dinero gastado en almax e infusiones que en el bufé libre.

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