El otro día lo recordaba al pasar por la calle Jardinillo, detenido mi coche en el semáforo de Santiago, donde el freidor. En la pared que hace esquina, a la izquierda, estaban las tres carteleras que anunciaban las películas, cuando en Jerez había cines en el centro y aún no se había convertido en lo que es hoy: un páramo de calles semidesiertas, locales vacíos y negocios anclados, muchos de ellos, en mitad del siglo pasado.

Pero, a lo que iba. Recuerdo muy bien esas carteleras: Cine Jerezano, Cine Lealas y Cina Delicias o Riba. Había otros tres carteles en la calle Guadalete, esquina ya con la calle Ponce. Entonces existía la magia del cine, el olor a ambientador, a palomitas de bolsa y la sensación de que entrabas en una especie de refugio (en realidad, el cine y sus películas son eso; un refugio), en una máquina donde el tiempo se detenía y hacía el fin de semana ameno, lejos del colegio en mi caso, y del trabajo en el caso de los adultos.

Pero hoy ya no queda de ello sino un descampado donde crecen las malas hierbas, otro que es solo fachada y un edificio abandonado, y otro tres cuartos de lo mismo, recuerdos de un tiempo pasado que ya no va a volver.

Lo mismo que ocurrió al Valeria o al Riba, hoy por hoy convertido en un supermercado, antes de ser una discoteca por la que pasó medio Jerez.

Ahora, para ir al cine, o tienes coche si vives lejos del centro comercial donde está, o pillas un taxi o andas más que un misionero. Y apenas es lo mismo, claro. Todo muy moderno, muy dolby sourrand o como se escriba, pero no tienen el encanto de un cine en el centro de la ciudad.

Nada queda, digo. Solo el recuerdo de los cadáveres de cemento y olvido. La memoria de las carteleras aquellas que anunciaban a un Clint Eastwood aún joven o lo último de Disney.

Pasa el tiempo rápido. Y la películas de nuestras vidas, aún más.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios