No, no me voy a referir al ilustre gremio de empleados de correos en su versión femenina. Voy a dedicar la columna a uno de esos aspectos, casi surreales, que me encuentro todos los días en mi caminata profiláctica prescrita por mi médico. En mi recorrido - uno es hombre de costumbres -paso siempre cerca de varios colegios; quizás sea deformación de tantos años de profesión. Lo cierto es que veo todos los días a gran cantidad de niños acudiendo a sus centros escolares. Todo perfecto. Lo que no parece tan lógico es que un elevadísimo - pero que muy elevado - porcentaje de las mamás que acompañan a sus vástagos vayan cargadas con las carteras de los niños mientras ellos, bien abrigaditos, pasan olímpicamente de sus mamás carteras - dícese de las madres que portan impunemente las carteras escolares de sus hijos -. Esto, desde la distancia de una columna periodística, podría parecer una tontería más del que no tiene otra cosa que escribir. Sin embargo si ustedes ven a tantas mamás carteras, cargadas como acémilas, mientras sus hijos, algunos bien talluditos y con los bigotes poblados y algunas llamando a la puerta de incipientes pubertades, comprenderán otra más de las muchas incongruencias que existen en esta sociedad de absurdos. Bien está que las mamás acompañen a sus hijos pequeños hasta la puerta del colegio - hay algunas que entran hasta las aulas con la cartera para darle el último besito como si no fueran a verlos dentro de unas pocas de horas -, pero otra cosa es que, en ese afán de protección o vaya usted a saber qué, aparezcan cargadas como sherpas del Himalaya para que sus niños no se cansen o no tengan un trauma de mayor por llevar la cartera a la escuela. Vivimos en una sociedad absurda, de ñoñerías y super proteccionismos para conseguir hacer a los hijos, cuando menos, medio inútiles progresivos. Otra historia más de este relator -¡ole, lo que me ha salido!- de tonterías andarinas.

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